
- Feb 24, 2017
- Pedro Vargas
- Adminstración de Salud, Cultura médica, Papiloma Humano, Salud Pública, Vacunación, Vacunas, Varicela
- 0 Comments
El mejor indicador de programas de vacunación fallidos lo constituyen la emergencia de vacunaciones masivas que, eufemísticamente, hoy se llaman “campañas suplementarias”. Naturalmente que tienen su nicho en salud pública, particularmente donde la salud pública se politiza. El resultado de esas fallas es la enfermedad y la muerte, entre la población humana.
Hace meses atrás en un programa de la televisión nacional, sugería que la forma de mejorar los índices de inmunización en el país en el sector de salud pública y, por tanto, la utilización eficaz de los biológicos, era no poniendo trabas ficticias a la vacunación. O, en otros términos, facilitando la vacunación, haciéndola accesible. Es un pecado no aprovechar cualquier situación de consulta médica a un centro de salud para no vacunar. Se me contestó que la vacunación en salud pública era muy difícil hacerla con la fluidez que se hace en la práctica privada. No estoy de acuerdo, excepto si no se educa a la población, si no hay una cultura de vacunación, y si el personal de salud se mantiene “razonando” entre una anécdota y otra.
Por razón de no entrar en discusiones estériles ni para retraerme a situaciones diarias, que se dan, no discutiré la génesis de un montón de falsas creencias, aún entre el personal de salud en todos los estamentos, sobre las vacunas y sobre la vacunación.
Las vacunas son biológicos sensibles a cambios de temperatura y es por ello que se insiste tanto en la llamada “cadena de frío”, que no es otra cosa que mantenerla en un rango de temperatura –sin variaciones- que conservan su eficacia. Ni muy fría ni muy caliente. Cada vacuna tiene su rango recomendado. Ninguna vacuna debe “conservarse” congelada. Y su reconstitución debe hacerse solamente inmediatamente antes de aplicarlas. Los padres deben ser vigilantes de que esto se cumpla.
Para vacunar no hay calendario sino calendarios, ni debiera restringirse la vacunación a horarios cómodos para los vacunadores e incómodos o imposibles para los padres de los niños ha ser vacunados. Las edades para vacunar no son arbitrarias. Son aquellas edades a las cuales
- el riesgo de enfermedad es superior;
- el receptor de la vacuna ya está en capacidad óptima de producir una respuesta protectora válida y útil;
- la vacuna ha demostrado seguridad y eficacia en ese grupo de edad.
Por ejemplo, la hepatitis B se adquiere por relaciones sexuales, entonces ¿por qué vacunarla lo más cerca de la hora del nacimiento? Porque también se contrae a través de la lactancia materna. Hay riesgo de adquirir el sarampión antes del 1er. año de vida, entonces, ¿por qué vacunar al año o a los 15 meses de edad? Porque el biológico actual produce más y mejores anticuerpos si se vacuna después del año de edad. La vacuna contra el rotavirus ha demostrado ser segura y eficaz al aplicarla antes de los 6 meses de edad y desde los 2 meses de edad. En edades superiores, no ha sido ensayada y por eso no se recomienda darla en edades mayores a los 6 meses. Hay centros de salud públicos o de la seguridad social que no solo tienen horarios rígidos y fijos sino que cierran la actividad mucho antes de lo descrito en esos horarios. Mientras los centros de salud estén abiertos, la vacunación debe ser posible.
Vacunar es una actividad que reviste responsabilidad, conocimiento y presencia. Por ello, lo primero que todo quien vacuna debe registrar es el nombre de la vacuna, la industria que la produce, el número del lote y la fecha de vencimiento. Aquí no valen respuestas altaneras como “eso no es importante anotarlo”, “esa información no se la puedo dar”. Toma más tiempo pero hay que hacerlo.
Todo record de vacunas, de clínicas privadas o de salud pública, deben consignar esta información cada vez y en cada paciente. Si no lo hacen, no están cumpliendo con el paciente, ni están honrando la vacunación. Si mañana alguna autoridad de salud informa que tal vacuna, producida por tal empresa, con el lote número tal y con la fecha de espiración tal ha demostrado fallas o errores que obligan a revacunar a sus receptores, cada uno de los que vacunamos, seamos o no miembros de una entidad pública o privada de salud, debemos reconocer inmediatamente a los pacientes que la recibieron para llamarlos, explicarles lo descubierto y revacunarlos. Ningún vacunador está por encima de esta obligación, llámese o no , “pionero de la vacunación en este país”, como le ha contestado alguien a los padres de algunos de mis pacientes que acuden a las instalaciones públicas de salud.
Toda persona que vacuna debe conocer a cabalidad sobre la vacuna, sobre las edades en que se debe vacunar, sobre el número de dosis que le corresponde al paciente según la edad en la que comienza a vacunarse con ellas, sobre la vía recomendada para su aplicación, sobre el sitio anatómico donde aplicar la vacuna, sobre los efectos adversos, sobre las fechas de espiración de sus productos y tiene la obligación de seguir al pie de la letra las instrucciones e informar a todos los pacientes o sus padres sobre ello, cuando ellos lo cuestionan. Las respuestas altaneras solo revelan incapacidad y desconocimiento y, en esas condiciones, a ese personal se le debe prohibir vacunar.
Trabas que nacen de la ignorancia son obstáculos para vacunar con éxito, con prontitud, con calendario apropiado y proteger, que es el fin primario de toda vacunación. Existen razones válidas para no vacunar, pero son más prominentes las pseudo razones o las falsas contraindicaciones para no vacunar. El personal de salud tiene que ser re educado.
Hay otros elementos que no puedo puntualizar cuándo nacieron pero que han sido resueltos por la investigación a través de los años. El más prominente es el de no vacunar con fiebre o enfermedad. Esta premisa es la responsable de las vacunaciones incompletas o nunca comenzadas. No es cierto que los efectos adversos propios de las vacunas se magnifican en el paciente enfermo o febril. Tampoco es cierto que el paciente con fiebre o un resfriado, o moco nasal se va a enfermar más por razón de la vacunación. Con diarrea es apropiado postergar una vacuna oral como la que usamos contra la infección por el Rotavirus porque en estas circunstancias su eliminación será bastante rápida del tracto intestinal donde ejercería su protección. Pero una fiebre ligera o moderada en un niño resfriado, como la gran mayoría de los niños menores de 5 años, no es una contraindicación para vacunar. En situaciones donde el paciente no puede ser localizado fácilmente, postergar una vacuna por razones como éstas es la forma más eficaz de no cumplir con el calendario de vacunaciones.
Tampoco es cierto que solo debe vacunarse contra la varicela cuando hay casos de varicela, ya sea en la escuela o en el hogar. En esas circunstancias, quienes viven o pasan largos ratos con los pacientes enfermos, lo más probable es que ya han contraído la enfermedad. La vacunación contra la varicela se hace para prevenir la enfermedad antes de que el niño se exponga a su agente causante. Y, siendo que la enfermedad reviste un carácter más serio por sus complicaciones propias en el adulto, la vacunación contra la varicela debe hacerse en todos, niños y adultos, después del año de edad. Que un agente de salud se atreva a decir que “es mejor que le dé la enfermedad, que vacunarlo contra ella” denota una ignorancia peligrosa. Ni siquiera la limitación económica, que suele ser artificial, justifica este planteamiento. Pues esto todavía se oye entre médicos y enfermeras.
Quizás el comentario más dañino contra las vacunas viene de los mismos médicos que teniendo a mano la evidencia científica de su probada eficacia y de la ausencia de relaciones anómalas más allá de lo anecdótico, se prestan para hacer campañas antivacunas, como hacen otras personas sin ninguna formación en salud ni en medicina. Es el caso contra la vacunación frente al sarampión y al virus del papiloma humano con las vacunas combinadas de sarampión, rubeola y paperas; y, las vacunas de 2, 4 y 9 serotipos del virus del papiloma humano.
Sugerir que los médicos estamos en delictivo contubernio con la industria o con organismos de probada seriedad científica y responsabilidad social, para explotar a las gentes y los pueblos, requiere de muy poca seriedad y mucha falta de escrúpulos, o de sesgos emocionales que por respeto no discuto. El método científico se utiliza para mejorar el conocimiento no para forzar conclusiones. Por ello su rigidez y su prudencia. Hoy, no se ha probado nada de lo que circula en las redes contra estas vacunas y que con insospechadas metástasis destruye vidas. Si algo de eso fuera cierto,
- seré el primero en divulgarlo con referencias probatorias y fidedignas, acatadas por la comunidad científica; y
- ¿no estarían las cárceles ocupadas por miles de médicos y científicos que promovieron la muerte y la enfermedad de quienes confiaron en sus consejos para la prevención de enfermedades?
El ministerio de Salud debe ser el responsable de descentralizar la vacunación sin abandonar la vigilancia del cumplimiento y la monitorización de los programas de vacunación mientras actualiza las políticas de salud pública en ese renglón, y favorece que no falten ni las vacunas, ni los insumos necesarios para su aplicación, ni las respuestas a los múltiples interrogantes de las comunidades médicas y públicas, en otras palabras, educación puntual y precisa. Y si opta por centralizar la vacunación a sus instituciones tiene que ser vigilado por las asociaciones médicas, las pediátricas con particular beligerancia.
Las limitaciones artificiales de tipo financiero a las que aducen con frecuencia los gobernantes para incumplir a las poblaciones con programas consistentes y predecibles, como el de las vacunaciones, no deben ser, de ninguna manera, las que generen ni las necesidades ni las recomendaciones para vacunar.