- Feb 14, 2016
- Pedro Vargas
- Daño cerebral, Embarazo, Fetología, Maternidad, Parto, Salud Pública, Viajar, Zika
- 0 Comments
En los tiempos del cólera, nos contó Gabriel García Márquez, el Dr. Juvenal Urbina, ese que “saboreaba la orina del enfermo para descubrir la presencia de azúcar” y rezaba “tres rosarios al Espíritu Santo y cuantas oraciones recordaba para conjurar calamidades y naufragios y toda clase de acechanzas de la noche”, también temía al “peligroso estado sanitario de la ciudad” y “era consciente de la acechanza mortal de las aguas de beber”, guardadas en tinajas que eran “santuario de gusarapos”. Tiempo pasó, de niño, para aprender que esos gusarapos “eran en realidad las larvas de los zancudos”.
La enfermedad por el virus Zika, brota como manantial, porque tiene un vector eficaz: el mosquito Aedes (A. aegypti y A. albopictus), que prefiere picar al hombre, y que sobrevive amparado por nuestros estilos de vida y las condiciones ambientales. Su transmisión por relaciones sexuales ha sido descrita ya y ocurre de madre a hijo durante el parto vaginal como durante otros momentos del embarazo. No se ha podido determinar su transmisión por la leche materna. El virus del Zika permanece por lo menos una semana en el cuerpo del infectado pero puede permanecer más tiempo en el semen humano.
Los hallazgos recientes sobre la infestación del tejido nervioso en humanos y sus serias consecuencias ha creado preocupaciones válidas. No solo se observó un aumento del número de recién nacidos con microcefalia en las regiones altamente infectadas por el virus Zika, sino que material de patología puntualiza el daño difuso a neuronas lo que se traduce en ceguera, en retardo mental, en parálisis cerebral. En el adulto produce una forma de neuropatía ascendente del tejido nervioso del cordón espinal, que se conoce como Sindrome de Guillain-Barre. Estas formas de infestación también han terminado en mortalidad.
El porcentaje de productos dañados de estos embarazos infectados con el virus del Zika, aunque no se conoce con certeza, es significativo. Los daños al sistema nervioso central son irreversibles y severos. Tampoco dependen de cuán enferma se haya sentido la embarazada, quien podría haber presentado fiebre, erupción cutánea, dolores articulares o conjuntivitis hasta 2 semanas después de haber estado en una zona con Zika. El costo humano es altísimo y la sociedad no tiene cómo afrontarlo. Es por ello que, aparte de la recomendación a las mujeres embarazadas de no viajar a las zonas o regiones conocidas como infectadas con Zika y si lo han hecho consultar por pruebas diagnósticas, se ha producido, una vez más, un enfrentamiento entre las enseñanzas de la Iglesia católica y las de las escuelas de Salud Pública.
Mientras los salubristas recomiendan evitar embarazos mediante el uso de probadas técnicas anticonceptivas e, incluso, permitir a la mujer embarazada e infectada tomar su decisión informada y autónoma sobre continuar o interrumpir el embarazo, de forma segura para la salud propia; la iglesia católica recomienda el método del ritmo para evitar los embarazos y se opone al aborto terapéutico. Como si la biología estuviera supeditada a la actividad sexual de una pareja o ésta pudiera confiarse ciegamente a un cronómetro fijo y diseñado igual para todas. Esto es naturalmente, más que un camino propio de quienes no se oponen a la anticoncepción sino al método, un acto de desconocimiento de la sexualidad humana y de los resultados estadísticos enmarcados en la biología y la tecnología de la concepción y la anticoncepción.
Como en la época del Dr. Juvenal Urbina –siglo XIX_ todavía hoy –siglo XXI- “supersticiones atávicas” quieren dictar medidas de salud e higiene públicas sin siquiera ofrecer fórmulas financieras para mantener el resultado de tales consejos, ni hacerse consideraciones éticas de responsabilidad social. 14/02/2015