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La Medicina pasó de ser una profesión a convertirse en una industria y, en ese transcurrir, el médico se vio inmerso en un debate donde, como individuo, ha perdido autonomía y, hoy se enfrenta el mismo peligro para la profesión, que la Medicina también pierda autonomía. La industria de los seguros de salud cerró las puertas de la consulta para dejar una sola puerta por donde entrar para buscar atención; el médico dejó de ser un clínico al cuidado de la enfermedad, y se le denominó peyorativamente, proveedor; y, por todos los continentes, el concepto de la administración de la Medicina produce un oneroso resultado al desmejorar la calidad de una industria cuyas ganancias son diezmadas con el envejecimiento de las poblaciones y el surgimiento de tecnologías costosísimas.

Frente a esta realidad que también afecta la práctica de la atención de salud a nivel público, el médico levanta barreras para recuperar autonomía y para hacer valer su formación profesional, unas veces asiéndose de los principios y prácticas del profesionalismo, otras veces del músculo de las organizaciones gremiales.

Es por ello que, e ignorando o invalidando que medios privados pueden moralmente ser útiles a propósitos públicos, el profesional de la Medicina se comporta con recelo frente a posibilidades de una privatización de la atención de salud pública, el último baluarte de la industria médica. Entonces, acoge la huelga médica como un instrumento de presión, que también es un vehículo que desmejora la salud de los más vulnerables. Al confrontar la huelga médica las preguntas válidas son: (1) ¿ha faltado una fundación ética sólida en la formación del médico, que no solamente se refuerce cada día de su práctica profesional sino que le de sentido y confianza a ella?; (2) ¿Es éticamente aceptable la huelga médica en respuesta al compromiso social del médico y de la Medicina?

Es necesario recordar que las logros que se originan de una medida de presión como lo es la huelga, no constituyen en sí mismos un acto de justicia.

La justeza de las demandas y no la naturaleza de los procedimientos es lo que le confiere justicia a una acción reivindicadora. Recurrir al paro de labores suele indicar la pobreza de los argumentos o de las habilidades de la parte que para. En Medicina las demandas nunca podrán estar por encima de las necesidades de los pacientes y, cuando parecieran estarlo, los líderes médicos tienen la obligación de orientar la dirección de las medidas de presión para no contradecir el propósito o la justeza de tal medida.

La huelga médica es inmoral. Es inmoral porque el contrato implícito entre el médico y el paciente o la sociedad por la salud es un contrato por el cual se le compromete monopólicamente al médico la responsabilidad de velar por esa salud. Es inmoral porque el paciente se convierte no en un fin sino en un medio. Inmoral porque la moralidad interna de la función médica se asienta en un compromiso voluntario del médico con el ejercicio de la profesión y con quienes han confiado en ella. Ese voluntariado, que otros llaman apostolado, le da sentido ético al carácter fiduciario de la relación médico paciente. El médico tiene deberes morales que no le son comunes a todas las profesiones, y allí se hace la diferencia frente al derecho a la huelga.

Mientras el gremialismo respete y vele por el compromiso del profesionalismo médico, cual es mantener la profesión en los más altos estándares de servicio y atención, de competitividad y excelencia científica y humanista; asegurar que es solo a través de la práctica y el estudio responsable como se garantiza el conocimiento y la experiencia para cumplir con el paciente y la sociedad; y, demandar de todos y cada uno de los profesionales médicos, la altura de una formación y práctica óptimas; entonces se podrá aceptar que profesionalismo médico y gremialismo no son incompatibles. De otra forma, no deben existir ni de vecinos.

El impacto que toda huelga, paro médico o abandono de un paciente tiene para la profesión médica, para el médico y para la relación médico paciente debe medirse antes de tomar ninguna acción favorable a aquellas decisiones colectivas. Aún más, el compromiso voluntario del médico al servicio del paciente y de la sociedad es el elemento que diferencia la moralidad de la profesión médica con la moralidad de otros oficios y por lo cual, el paro de labores no tiene las mismas connotaciones ni resultados cuando se origina en la clase médicas que cuando se origina en otras profesiones.

Frente a las gentes más vulnerables, como son los enfermos, los niños, las mujeres y los ancianos; hay virtudes que emergen y prevalecen para su protección. Una de ellas, la del compromiso con el servicio a la sociedad, desde la privilegiada profesión del médico. Privilegiada porque precisamente permite conocer al hombre a punto de perder su dignidad, por razones de la pobreza, del sufrimiento o de la pérdida de la salud. Privilegio sin paternalismo sino con respeto y empatía hacia el otro; honrando el contrato voluntario y fiduciario con el paciente y el social, con la sociedad.

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