- Feb 3, 2023
- Pedro Vargas
- La Prensa, MAESTROS DE MEDICINA
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Hay que ser muy canalla para delinquir desde la tribuna de una profesión como la medicina. Es lo que hace un médico cuando se atreve decir a su audiencia, no importa que sea solo en su corral, que el evento súbito de conducción eléctrica anormal, la fibrilación ventricular, que produce muerte, iniciado por el impacto precordial contundente al centro del tórax durante una fase específica del ciclo eléctrico que dura 20 milisegundos -Commotio Cordis, como el que sufriera el futbolista Damar Hamlin-, fue causado por la vacuna contra la covid-19.
En agosto de 2015, los pediatras de Recife, Brasil, observaron con preocupación un número inesperado de recién nacidos con cráneos muy pequeños. La microcefalia suele asociarse con serios y permanentes daños de la inteligencia y el aprendizaje, la motricidad, los sentidos de la visión y la audición. La preocupación higiénica era triple, el desconocimiento de su origen, que prontamente se conoció como el virus del zika, los conocidos daños del sistema nervioso central y su forma de transmisión, confirmada que a través del coito. Ante esto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó, sin la demora del esperado rechazo de no mejores desconocedores, que las embarazadas no viajaran a zonas conocidas por la circulación del virus, trasmitido por el mosquito Aedes aegypti, y que evitaran tener coito sin protección de barrera (léase condones) y con hombres que hubiesen visitado países con brotes de zika.
Ya para el año 2016, la OMS concluía que la picadura del mosquito y el contacto sexual trasmitían la infección por el virus del zika y dañaban el cerebro del feto en formación. La proporción de recién nacidos infectados por zika no se conoce aún, sin embargo, sí se conoce su variabilidad según regiones y países. Por ejemplo, en Brasil se observó hasta un 42% de los hijos de mujeres que, en el embarazo, tuvieron una erupción cutánea.
También se sabía que la mayoría de infecciones por zika son asintomáticas. Por ello, la prevención de la trasmisión sexual era posible mediante medidas que afectaban -dirían algunos- la libertad individual de tener sexo con quién se quiere y cómo se quiere. Para el 2018 ya se había reportado trasmisión del virus en 86 países, más de 500,000 casos sospechados en América Latina y el Caribe. En aquellas áreas con alta incidencia de trasmisión, el atrasar o demorar los planes de concebir un hijo hasta que bajaran los casos redujo la incidencia de infección por zika en las embarazadas, la incidencia de microcefalia neonatal y el daño cerebral permanente en sus bebés.
Difícil entender todo el proceso de recoger data, analizarla, discutirla y consensuar normas para sugerir y dictar medidas higiénicas, como difícil es también reconocer y aceptar la prioridad higiénica sobre discernimiento personal -quizá porque es escaso-, particularmente frente a una limitada cantidad de evidencia bajo una emergencia de salud pública. Pero los médicos graduados con honradez y responsabilidad sí debiéramos conocer las incertidumbres, limitaciones y urgencias frente a enfermedades nuevas y serias. La maledicencia no radica en la duda sino en la negación de la evidencia.
Si bien es cierto que la libertad de prensa y de opinión se validan a pesar de las divergencias, también es cierto que ellas no tienen el mismo peso ni hay por qué concederlo, porque la ciencia se basa en evidencia y las distintas posiciones de opinión no tienen las mismas raíces, incluso ignoran la evidencia. Una especie de adicción a la hipérbole conduce a la repetición de falsedades ya desnudas, con la certeza de que lo que se repite mil veces, queda. Y así, se mantiene la controversia que nace de esa libertad de prensa y opinión, controversia validada con intereses oscuros o políticos e ideológicos “para mantener el debate vivo”, como hacen los negacionistas del cambio climático.
Esconder la verdad como mentir ejerce la misma deletérea influencia sobre la salud individual y colectiva en cualquier escenario, pero significativamente grave cuando el escenario es la práctica de la medicina. Los mercaderes de la duda son esos, los que esconden el conocimiento que tienen sobre la enfermedad y su manejo, como los que niegan la evidencia probada del estado del arte del conocimiento.
Estas conductas detestables inducen al daño, ya sea por enfermedad o muerte. De esto hemos sido testigos en estos 3 años, cuando se ha mentido sobre la existencia y el origen de la covid-19, la eficacia y seguridad de la vacunación y las vacunas, o al demorar y postergar el cuidado médico apropiado del infectado. Terrible como la toma del Capitolio norteamericano, con muerte y destrucción incitada por la mentira repetida de quien conoce la verdad sobre el resultado de las elecciones en Estados Unidos, y recientemente la repetición del bochornoso y delictivo espectáculo en Brasil.
La libertad de prensa y de opinión es necesaria para informar al ciudadano y que tome decisiones, pero no siempre está ligada a la verdad, y no por desconocimiento sino por inmoral táctica. Recordemos la poderosa industria del tabaco escondiendo la información que ya tenía sobre la relación del cáncer pulmonar y el tabaco, mientras contrataba científicos para desacreditar la evidencia y crear data contraria, “para mantener viva la controversia”, una iniciativa de mafiosos. Igual ocurrió con la no menos poderosa industria del deporte del fútbol americano, que negaba una y otra vez el daño cerebral producido por los repetidos golpes a las cabezas mal protegidas de sus jugadores, solo para no diezmar sus millonarias ganancias con el deporte más popular de Estados Unidos.
La encefalopatía traumática crónica reproducida en otros “deportes”, como el boxeo (demencia pugilística) y el hockey, a pesar de viejas observaciones, se archivó por mucho tiempo y la evidencia de tejidos cerebrales lesionados en individuos que se tornaron violentos, con demenciales alteraciones de su personalidad, parkinsonianos o que decidieron morir por suicidio, están en los portaobjetos para los microscopios de los departamentos de patología de hospitales y escuelas de medicina.
En sociedades civilizadas existen y se respetan los códigos de ética como los de la ley, de forma que los individuos conozcan qué es éticamente justificable y tomen decisiones correctas. Cualquiera que tome decisiones basadas en el conocimiento tiene la responsabilidad de evaluar las consecuencias de divulgar tal conocimiento, ocultarlo o alterarlo maliciosamente. Uno de los escándalos más vergonzosos que los grupos antivacunas conocen y nunca lo traen a la rectificación, es el de la falsificación de data de investigación que se le descubrió a AJ Wakefield en su nota en la revista Lancet, para sugerir que la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubeola (vacuna triple viral o MMR) era causante de autismo. Todavía las familias de niños con esta condición no dudan de la certeza de tal falsedad.
Se hace necesario recordar que la posesión del conocimiento implica una responsabilidad ética de toda la sociedad. Ha sido y lo seguirá siendo en situaciones de emergencia de la salud pública. En este escenario particularmente, las libertades de expresión y de prensa no están en el mercado libre para el mejor postor. ¡No señor! El teólogo cristiano James Gustafson decía en la década de 1960, antes de la bioética, “debemos obligar a elegir entre una ética cuyo contenido está determinado por los derechos de un individuo o cuyo contenido está determinado por el beneficio de las personas y la sociedad”.
Igualmente dijo en su momento: “un alto grado de novedad científica y médica debe informar con razonamiento normativo y cómo se deben hacer juicios morales prácticos”. Los avances de la ciencia no son para ganancia individual sino social y así, mientras la vacunación me protege a mí, lo que realmente está haciendo es proteger a otros miembros de la comunidad donde yo convivo. Y allí se recapitula aquello de la obligación ética con la salud pública.
¿Debe la prensa mercadearse con noticias y recomendaciones médicas falsas o escandalosas, dando igual lugar a la opinión ligera y dañina que a la probada con evidencia científica, o las emisoras de radio y televisión deben dar prioridad a programas de chamanes calificados por el “rating”? Que no se aduzca un hallazgo científico o una recomendación para vacunarse como “controversial”, porque no lo son. No existe controversia alguna en que el genoma del SARS-CoV-2 se conoce desde temprano en la pandemia, lo que permitió la manufactura de las vacunas; que el virus de la covid-19 no fue creado en un laboratorio; que la vacunación contra el virus ha evitado la muerte de millones de personas en el mundo.
Los grandes dueños de periódicos en Estados Unidos le dieron igual lugar en sus tabloides a la información sesgada de las tabacaleras sobre la evidencia científica con respecto a los daños del tabaco. Este contubernio no es por las libertades de prensa y de opinión, sino por un desafortunado desprecio a la responsabilidad ética del conocimiento. Como de manera contundente dijo Lisa Margonelli: “Alcanzar ese mundo mejor requiere, crucialmente, una más profunda exploración de nuestras obligaciones morales”. Publicado en el diario La Prensa, de Panamá, el 3 de febrero de 2023