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Cuando en los Estados Unidos el estado interviene en la familia para proteger al niño de nocivas prácticas o comportamientos en ese seno, que le hacen daño al desarrollo y crecimiento de su autonomía, la intervención suele ser tardía. Esta medida reactiva, la intervención en la familia, se comporta entonces como una medida de urgencia y, como muchas de ellas, una medida donde la victoria suele ser pírrica, es decir, se gana con grandes pérdidas: la integridad y la autonomía de la familia es violentada. Pero, no así, si ese derecho parental o autonomía familiar es un vehículo de negligencia y abuso del niño. Este es una elocuente muestra de que la prevención es superior que la curación.

 

         Si aceptamos, como debemos aceptar, que la educación escolar del niño es crucial y tan crucial como lo es su vida en la familia, donde también se educa sin currículo aprobado pero sumamente efectivo; también en la educación debe intervenir el Estado de forma preventiva y no curativa. Esa intervención es para ofrecer una educación de calidad, óptima, integral. Allí, los valores que desconoce un niño o que conoce torcidos tienen la oportunidad de conocerse o de reformarse y corregir sus deformidades. Naturalmente que se requiere de un sistema educativo igualmente de excelencia. Si el niño proviene de un hogar o un medio donde se le priva o se le coerce, solo esperemos caricaturas de autonomía, caricaturas de hombres, caricaturas de ciudadanos.

 

Cuando favorecemos el derecho inalienable del niño y el adolescente a una educación integral, en todos los campos de su acontecer, y, entre ellos el de su sexualidad o de la sexualidad humana, lo que estamos haciendo es prevención.   Esta no es una forma de intromisión en las opciones y conductas de las familias, pero no desconocemos que puede ser considerada como tal. Por ejemplo -en un extremo bastante desconocido por grupos que están siempre opuestos a la educación sobre la sexualidad humana en las escuelas- esa familia que opta por la prostitución de sus hijas o hijos frente a las serias limitaciones económicas, que pueden ir desde dificultades para obtener la ropa y la comida, hasta la financiación de vicios y adicciones, bien puede rehuir tal educación. En el otro extremo, de abundancia material, pobreza espiritual y egoísmo cimero -rehúyen la educación para otros, como clara muestra de inequidad y justicia- familias que resuelven los problemas o resultados de una pobre educación de la sexualidad y sus valores entre los suyos con costosos instrumentos heroicos, también rehúsan la educación sexual escolar.

 

Loable es promover conductas morales –que son propias de cada cultura y cada tiempo- como la responsabilidad, el respeto hacia uno mismo y el otro, la disciplina y el auto control, la honestidad, la integridad, la honradez y las buenas maneras. Pero, la sexualidad humana no se conoce si se le niegan los aspectos biológicos y médico higiénicos, por ejemplo; si se miente sobre el placer que produce la relación genital consentida y responsable o el dolor que engendra si no se reviste de esta preparación; si no se discuten las emociones que sacuden cerebro y corazón con la comunicación, con la intimidad, con el enamoramiento y con el respeto hacia el amigo o la amiga; si no se desnuda el daño que se le hace al otro cuando se le viola su cuerpo o su decisión de no conceder o consentir un acto sexual, cuando a la mujer se le despoja de su empoderamiento por la fuerza física o la amenaza.

 

Hoy, todos los niños, desde pequeños navegan sobre olas altas y tempestuosas de sexo en el internet. Ud. les enseñó a usar los instrumentos desde muy temprano cuando les facilitó el teléfono celular, la tableta, la computadora y les puso un televisor en su cuarto, todo para que la ayudaran estos elementos, no a educarles sino a facilitarle a Ud. descanso y horas libres para sus placeres. Ahora, quiere ejercer coerción cuando es tarde, y se opone a que la niña de 14 años pida pastillas anticonceptivas pero sí está dispuesta a regalarle un año más tarde unos implantes para lucir pechos voluptuosos. Al niño, sin embargo, le compra los preservativos y se los “esconde” en la cartera para que sepa donde recurrir antes de alborotarse con aquella niña de pechos exuberantes y quirúrgicos.

 

Es interesante cómo a la pregunta de ¿a qué edad debe iniciarse la educación escolar sobre la sexualidad a los niños?, se encuentra uno con respuestas como “cuando los padres den un permiso firmado”, “nunca en la escuela, solo en el hogar”. Buenos gritos de batalla que solo terminarán en disfonía de llantos por embarazos precoces, enfermedades de transmisión sexual fatales, abortos criminales, educación interrumpida y, si les importa, deslustre egregios nombres de familia.

 

Por ahora, no hay más nada que decir. La crudeza es necesaria para sacudir y revisar.

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