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Es 2º grado de la escuela primaria y desde hace ya un año casi, las clases virtuales de lunes a viernes se inician a las 8:00 A.M.   Antes de tomar el almuerzo de 40 minutos, habrá estado frente a la pantalla 230 minutos y todavía, antes que finalice el día de clases, en las horas de la tarde, estará otros 160 minutos más frente a ella. En total, tiene 40 minutos de almuerzo, 50 minutos de recesos y 6hr 30 minutos frente a la brillante pantalla de la computadora, cada día de clases por 5 días a la semana.  Al mediodía para el almuerzo, buena parte de los 40 minutos, el niño juega frente a la computadora, con sus compañeros de clase.

 

Estos tiempos de exposición a las pantallas son muy largos y los tiempos de descanso son muy cortos.  La restricción de la actividad física por 8 horas cada día, tampoco tiene fundamento científico ni higiénico, es nocivo y debe reconsiderarse.  En las clases presenciales los niños tienen recreos para hacer actividad física.  ¿De qué aprendizaje se habla con la escolaridad remota, cuando se cree que el niño de la pandemia ha aprendido en las clases con pantallas?  ¿Acaso no es cierto que muchos padres han observado que el niño ha perdido el interés y el amor por aprender? Desde el punto de vista del desarrollo de los niños, estos tiempos excesivos de pantalla, son eso, excesivos y son dañinos.

 

La escuela durante pandemia, además que obstruye la socialización necesaria de los niños, no les permite quitar los ojos de la pantalla, a 30 cm-45 cm de distancia, ni protegerse de la luz que ella emana con algunos destellos de vez en cuando.  En el otrora salón de clases, había que mirar al tablero, sin brillos de luz apuntando directo a las retinas de los ojos, y con derecho a utilizar los músculos extra oculares para mirar a otros lados, o contraer y expandir el cristalino, para enfocar objetos de interés a diferentes distancias.

 

Este escenario descrito en el primer párrafo, es propicio para atentar contra la salud mental, contra el proceso de aprendizaje personal, contra la agudeza visual creando el vicio de refracción conocido como miopía -pobre visión de lejos- o empeorándola.  El cansancio visual que produce el estar forzando la dirección de los ojos a la pantalla se manifiesta con cefaleas intensas, náuseas, vómitos y migrañas por razón de mantener la vista forzada a objetos tan cercanos a sus ojos y con tanta luz.  La postura frente a las pantallas por tantas horas ha creado una epidemia de dolor de cuello, de la nuca, los hombros y la espalda como de cansancio sostenido.  Seguro que de esto pueden dar testimonios todos los adultos adictos a las computadoras, tabletas y el chateo con teléfonos celulares.

 

Y, la cereza del pastel: los niños tienen que atender estas clases virtuales con uniforme escolar que, incluye, medias y calzados, camisas y faldas o pantalones; deben estar bien peinados y no bostezar, como tampoco pueden ingerir líquidos o comer durante el tiempo de pantalla y, ¡ay! que se les ocurra acostarse o estar saltando para atender las instrucciones de las clases. Hasta los movimientos están restringidos y las idas y venidas al baño, que algunos niños aprovecharían para ir a golosear a la cocina.

 

Estas decisiones escolares tienen que ser discutidas con apertura por administradores, maestros, padres de familia y los mismos niños.  Todos tienen que opinar, a todos hay que escuchar.  Estos tiempos dan la oportunidad para aprender, no para imponer.

 

Si el futuro de la educación está en formas híbridas entre estudios presenciales y estudios por zoom, entonces a consultar a todos los que participan.  Para mí, la reapertura a la escolaridad presencial es una necesidad para la socialización y la promoción de la salud física y mental. El aprendizaje se amputa si no se logra aquello. Vehículos como FaceTime, las videoconferencias y el mismo Zoom facilitarían la socialización de los niños, pero su carácter plano es irreal y la variedad de la interacción entre ellos es muy pobre, por lo que no debe constituirse en la única o la forma prioritaria para desarrollar el espíritu gregario de los niños.

 

Los pediatras hemos estado advirtiendo por muchos años, sobre los daños que el excesivo tiempo frente a las pantallas hace a los niños de todas las edades para la adquisición del lenguaje, para el desarrollo del cerebro y sus funciones cognitivas, para su socialización y sus relaciones interpersonales, para su crecimiento y desarrollo físico y mental.  Eso no ha cambiado.  Niños entre los 2 y 5 años de edad, si se exponen a  pantallas, que no sea por más de una hora cada día y a aquellos de 6 años o más, se les debe limitar el tiempo de pantalla de forma consistente.  Quizás 2-4 horas diarias sea un tiempo prudente.

 

El asunto no es fácil.  Para aproximarse a las mejores decisiones, primero hay que ser elástico y permitirse otros tiempos, otros propósitos y otros métodos para la enseñanza eficaz de los niños, sin despreciar lo que para ello ofrecen los espacios abiertos y los juegos.   3/2/2021

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