- Oct 22, 2022
- Pedro Vargas
- Enfermedades Psiquiátricas, Jóvenes, MAESTROS DE MEDICINA
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El sufrimiento tiene diferentes lenguajes; el hacerse daño a sí mismo es uno de ellos. Algo así como que “un dolor quita otro dolor”. No serán pocos los que me leen y reviven aquella angustia superada cuando descubrieron en los brazos, muñecas, piernas, muslos o en el abdomen de su hijo o su hija adolescente, múltiples heridas superficiales que apenas habían sangrado, o pocas profundas que sangraron más que la intención o a veces con la intención. No es infrecuente que algunos de estos niños y jóvenes incluso se alarmen y se asusten, porque algo fue más allá de lo que se quería. También se alarman las personas que los quieren.
Aunque esta conducta no es una por sí sola para quitarse la vida, tampoco es una liviana forma de mostrar inconformidad, aislamiento o desesperación. En ocasiones, se les pasa la mano al ingerir sustancias que erosionan la boca, el esófago o estómago, produciendo serias quemaduras y la muerte. Otros niños y adolescentes lo hacen una sola vez. Los pensamientos y hasta la planeación de una muerte por suicidio ocurre en algunos que repiten el ritual con duración prolongada y preocupante. En fin, y para no pocas de estas personas en crecimiento, “soy dueño de algo y ese algo es mi cuerpo. Aquí lo tengo para disponer de él como quiera”.
Inflingirse daño físico a uno mismo, ya sea produciéndose heridas cortopunzantes o quemaduras en la piel, y hasta amputaciones o fracturas de los huesos, aunque parezca “demasiado”, no es una forma de drama (“no seas tan dramático”) ni de llamar la atención de otros (“a quién quieres conmover”) ni el producto de una planeación para morir (“¿acaso te quieres morir?”). Sin embargo, hay condiciones significativas que revelan la magnitud de los problemas o trastornos detrás de estas conductas.
Detrás de camisas de mangas largas sin remangar o muñecas ocupadas y cubiertas de múltiples cadenas, pulseras, incluso rosarios, ropa que siempre cubre el abdomen y los muslos hasta las rodillas, descansan las huellas del daño autoinfligido. Detrás del desinterés por todo y el aislamiento, descansa la depresión que asfixia a estos hijos que tanto queremos, a estos amigos que tanto estimamos, a estos “extraños” que se cruzan en nuestras vidas a ver si les descubrimos sus sufrimientos a través de sus insomnios, de sus cansancios y desganos, y de su desinterés por todo lo que un día fue interesante. Entre los más chicos, hacerse heridas suele ser una forma frecuente de depresión. Ellos también se arrancan los cabellos, se golpean repetidamente la cabeza o, los mayores, se introducen objetos en sus cavidades hasta sangrar y hacerse daño. (Ya escucho las exclamaciones desafortunadas de algunos que me leen).
No es infrecuente escucharles expresiones de su pobre estima: que no sirven para nada, que son los peores de la clase o los más feos y desagradables de la escuela, que no tienen amigos o que su mejor amigo o amiga se burla de ellos o no los aprecia, que no saben hacer nada, que nadie los invita a fiestas o reuniones, que son unos bufones. El matoneo entre compañeros, la burla o el irrespeto del maestro en las clases, el maltrato emocional y físico como el desprecio en los hogares, todos son parte del ambiente donde crecen y se desarrollan estos niños y estos adolescentes.
Quizá los métodos de hacerse daño a sí mismos varía por género y edades. Las niñas y mujeres jóvenes suelen cortarse o tomar sustancias dañinas; los varones suelen golpearse, romperse los huesos, amputarse. Y, otra vez, el grupo más vulnerable es el de aquellos cuya atracción sexual es la misma de su sexo genital o los que se identifican como transgéneros o no binarios. Ya para entonces, ustedes deben conocer por qué: el estigma por la preferencia homosexual y el irrespeto por la persona diferente a nosotros.
Experimentar con drogas adictivas es una forma de hacerse daño. Hoy sabemos que la persistencia de la práctica de hacerse daño también es un riesgo para optar por morir por suicidio. Entre los adolescentes, es un riesgo real si su historia de autoinfligirse daño empezó temprano en la niñez. Estos dos grupos, los LGBT y los adolescentes que persisten en hacerse daño, deben estar bajo el cuidado de profesionales de la salud mental. Son los más agredidos por la sociedad. Y volvemos a lo mismo, sin cansancio, la recepción de la sociedad hacia ellos es la que puede cambiar lo que podría llamarse su riesgo, el útero de su desesperación.
¿Qué es primero: el huevo o la gallina? La depresión y la ansiedad o el matoneo y la pobre estima propia. El déficit de atención con o sin hiperactividad y su desajuste escolar y social, el fracaso y abandono escolar o la adicción, los trastornos de alimentación o las deficiencias nutricionales. Los hogares disfuncionales o la sociedad machista. El estrés postraumático o las redes sociales y, en el camino, el suicidio y la conducta repetitiva de hacerse daño a sí mismo.
Hay tantas cosas que nos hacen sufrir y todas están amarradas del mismo cordel. Uno que viene no solo embarrado sino también sucio de estigma, de rudeza, de egoísmo, de poder y de cansancio. Es necesario conversar con los hijos, escucharlos, conocerlos, acompañarlos; que conozcan sobre la historia familiar de enfermedades mentales. Ser amables con ellos, que el amor salga del pecho, no el bolsillo. Y que su pediatra esté allí para la familia, para conversar con sus pacientes, uno al mismo tiempo, con la confianza que ellos esperan, porque sus hijos, desde los primeros años, pueden hacerlo con el respeto y la privacidad a la que tienen derecho. 21/10/2022
Publicado en el diario La Prensa, de Panamá