- Dic 20, 2018
- Pedro Vargas
- Derechos Humanos, Lecturas Bioetica, Otras Lecturas, Temas ciudadanos
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Hoy es 20 de diciembre y hace 29 años nos invadió el ejército norteamericano, una más de otras invasiones, por obra y gracia de Manuel Antonio Noriega y la Revolución de Octubre, la dictadura que emergió del descontento de los soldados con Arnulfo Arias Madrid. De aquel terreno no escribo hoy y también tengo mi opinión. Mis años y mis vivencias me lo permiten.
Yo no soy uno de los héroes civiles y civilistas apresados ni torturados, tampoco fui al exilio y la sangre que derramé por obra y gracia de golpes, se quedó debajo de mi piel. Los manguerazos y las patadas de las botas no rompen la piel aunque sí la dignidad. Mi madre y mi esposa también fueron cobardemente golpeadas en las calles por turbas de soldados con odio -bajo el efecto de arengas y, ¿por qué no?, substancias alucinógenas- arrojadas a las calles como animales en chotas, y cargadas de “obediencia debida”.
La historia de la dictadura narcomilitar la podemos escribir los vejados por esa dictadura. No quienes le sacaron ventajas, privilegios, mujeres y dineros; posiciones y cargos de a dedo. No quienes se convirtieron en sus más preclaros defensores en tarimas nacionales e internacionales. Ni aquellos que aduciendo un patriotismo falso, se armaron de armas y consignas contra los ciudadanos que reclamamos justicia y libertad. No, ellos todos no fueron otra cosa que cobardes y traidores a la Patria arrebatando sus cuotas de privilegios y gracias.
La impotencia de los panameños pudo haber sugerido a algunos que los soldados gringos sacaran a Noriega. La inmensa mayoría nos enfrentábamos a los soldados y al dictador con marchas y caravanas. Él nos respondía con huestes de soldados obedientes y armados, manguerazos, golpes de botas, balas, cárcel y tortura. Que enfrentara otro ejército para medir su valentía y capacidad era un reclamo visceral, para que la fuerza de guerra enfrentara otra fuerza de guerra. No dudo que muchos patriotas querían esa invasión hartos de tanta burla y tanto atropello. Pero de allí a pedir muerte y desolación, ¡no! ¿Para qué? ¿Para ver a aquellos soldados que no darían un paso atrás, efectivamente darlos todos hacia delante en fuga desordenada?
Yo pedí que sacáramos al dictador de turno, ese que instruyó desde muy temprano de la dictadura torrijista, el castigo corporal y psicológico de tantos panameños que se les oponían, hasta rendirlos, violarlos sexualmente o encontrarles la muerte. Mientras él hacía esto, otra jauría, la de civiles, que lucían y aún lucen los colores de nuestra bandera, le aplaudían, le ensalzaban, le sonreían y abrazaban, le rendían pleitesía. Él y esos son los responsables de la ciega y sorda, cruenta, invasión de la noche del 20 de diciembre de 1989. Nadie más. Nadie más se lleva esa presea.
No fue el machete blandeado amenazante contra el ejército más poderoso de la tierra. No fue ningún coraje de los militares nuestros. No fue la amenaza a la vida, honra y propiedad de los ciudadanos norteamericanos en Panamá. Ni siquiera fue la muerte encontrada y, por qué no, buscada del soldado Paz frente a las instalaciones de la comandancia de las Fuerzas de Defensa, unos días antes. No! Mucho menos fue el clamor de los panameños civilistas para quienes había un veredicto: “civilista visto, civilista muerto”. El clamor era “saquen a Noriega”.
La invasión amplia y rastrillera se dio por los intereses norteamericanos, no por los intereses nacionales. Se la ganó Noriega y sus secuaces. La fueron construyendo. Los asesinatos de Albrook. La burla de los resultados electorales de mayo de 1989. Las revelaciones del aparato de corrupción y crímenes de las FFDD, que hiciera el coronel Díaz Herrera. El asesinato a mansalva del doctor Hugo Spadafora. El escarnio brutal y sanguinario en las calles y las cárceles contra los ciudadanos de todos los estratos sociales y económicos. Los desplantes burlones en foros internacionales de civiles adeptos y militares eunucos. El tráfico y enriquecimiento con el comercio de drogas estupefacientes y armas. Las presidencias ganadas “de a dedo”. El silencio y contubernio del partido político que vino al oscuro y opulento rescate de la imagen del soldado corrupto. Esto es historia de nosotros, no de los gringos, y esto apunta la verdadera cara de la dictadura y sus defensores, no pocos de los cuales no se arrepienten y no pocos de los cuales todavía lo niegan.
Es una vileza cambiar la historia. Sí es necesario entender ¿por qué paso?, para dejar de explotar el sentimiento y las emociones de generaciones que no vivieron esos años. 20/12/2018