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Durante el período colonial en los Estados Unidos, el acontecimiento del parto se traducía en uno concurrido, con la colaboración de familiares y amistades femeninas, dirigido por una partera. Era la tradición inglesa, injertada en su nueva colonia y uno no pocas veces trágico, con la muerte de la madre y del hijo, o de ambos. Parteras del África occidental, que llegaron como esclavas al territorio norteamericano, atendían partos de mujeres de color y de mujeres sin color en las regiones sureñas y lo siguieron haciendo después de la emancipación. Una partera entrenaba a otra para serlo. Tener un niño era un evento con muchos temores. Thomas Hobbes, el filósofo, dijo alguna vez: “mi madre dio a luz mellizos, yo y el miedo”.

Las mujeres de “la alta sociedad”, comenzaron a solicitar un médico para el parto de sus hijos y popularizaron el parto en casa asistido por un médico. Entre 1910-1920 se inició la formación en obstetricia y la hospitalización de las mujeres para parir. Para 1935, solo el 15% de los partos, lo asistían las parteras. Así se dio la confrontación y la rivalidad: “nosotros conocemos mejor la anatomía y la función” vs “nosotras somos mujeres y conocemos mejor a la mujer”.

Durante 3 décadas -de los 40s a los 60s- el 100% de los partos era atendido por médicos en los Estados Unidos. Algún historiador considera que el movimiento feminista en los años 70s resucitó el interés de las mujeres por las parteras.  La pandemia, con todas las medidas de mitigación sugeridas y la ocupación hospitalaria con una población prioritariamente de infectados y enfermos, ha llevado a muchas embarazadas a considerar el parto en otro lugar.

La lectura que puede hacer la mujer embarazada sobre un parto planeado, no es la misma para un parto en casa, en un centro de nacimientos, o en un hospital.  Un parto planeado en casa solo significa “hablado”, en la mayoría de las ocasiones. El parto en casa sí se asocia a menos instrumentación, y también a mayor mortalidad neonatal; por lo menos 2 veces superior en algún estudio donde el parto en casa incluyó el traslado de la madre al hospital, antes del nacimiento.

Aún contando con una integración de los servicios de salud, de tal forma que el parto en domicilio encuentre prontamente todas las facilidades del traslado a un hospital, hay un mínimo de mortalidad que no puede reducirse, y ésta es superior a la mortalidad entre nacidos en un hospital.  En esta situación de riesgo la paciente gestante por primera vez o que nunca ha tenido un hijo por vía vaginal se constituye en un factor de alto riegos de complicación y muerte de ella o del producto de su embarazo. La falta de facilidades médicas cercanas, especialmente en áreas rurales donde el traslado se prolonga, incrementa los riesgos. En nuestro medio, dentro de la ciudad misma, este acceso no se puede garantizar, lo que expone a madre e hijo a graves complicaciones, secuelas y muerte.

Durante la labor de parto y en la última fase expulsiva del bebé, los embarazos considerados normales se pueden complicar y poner en peligro de trauma, asfixia, hemorragias, septicemia y muerte, tanto al niño como a la mujer.  Es mucho más difícil, sin una vigilancia intrusiva de la labor, reconocer que se producirá una detención irreversible del descenso del bebé, que el cordón umbilical será entrapado y se obstruirá la circulación sanguínea y la oxigenación del niño, o que la placenta se desprenderá abruptamente y sin facilidades quirúrgicas.

Ha países donde el parto planeado fuera del hospital debe cumplir estrictos criterios y requisitos de salud materna y fetal: embarazo de un solo feto que crece bien, sin anormalidades de la placenta ni enfermedades maternas, sin antecedentes de cesárea previa y con historia de partos anteriores sin complicaciones. Como obstetra, escúchela con empatía y respeto, preséntele la evidencia de ganancias y pérdidas a pesar del ambiente cálido y conocido de la casa y sugiérale seguridad y salud con el parto hospitalario.

Publicado por el diario La Prensa, de Panamá, el 4/03/2022

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