Call: +507 269-9874
Address: Consultorios Médicos Paitilla

 

  • EL SARS-CoV-2 es un nuevo virus, y el COVID-19 es una nueva enfermedad.  Hoy conocemos más que en diciembre de 2019 o en marzo del 2020, pero todavía conocemos muy poco de ellos. No importa cuánto erudito aparezca en las redes, lo cierto es que conocemos poco de ellos.
  • Al 7 de octubre de 2020, hay 35,980,287 casos de COVID-19 registrados en el mundo, seguro un subregistro pero suficiente para que lleguemos a un acuerdo. Esta enfermedad es global y es altamente contagiosa.  Hay, para la misma fecha, 1,052,193 muertes por COVID-19.  Podemos, también, acordar entre todos, que su mortalidad es importante.
  • En solo los Estados Unidos, entre el 1 de octubre de 2019 y el 4 de abril del 2020, se registraron entre 39-56 millones de enfermos de flu, y entre 24,000 a 62,000 muertes asociadas a la infección. Nada comparable a las cifras mundiales que hasta el 7 de octubre se tienen para el COVID-19, para la relación enfermos/muertos.
  • No es cierto que el flu es más serio, más grave que el COVID-19. Cuando el flu no se conocía, en la pandemia de 2018, y la medicina no tenía el desarrollo tecnológico de hoy ni el acceso farmacológico del que podemos disponer hoy o más adelante, 1/3 de la población mundial se infectó. Los cálculos con COVID 19 son de que todos nos vamos a infectar con COVID-19. Entonces, no había cómo enfrentar “la tormenta de citokinas” que hoy tenemos, no había antibioterapia que ofrecer a las complicaciones bacterianas de la infección viral, el soporte cardíaco, hemodinámico y respiratorio era huérfano, no había un ejército de antiinflamatorios para disminuir la toxicidad celular, y, por todo esto los números de muertos fueron tan espeluznantes.
  • Las cifras de morbilidad y mortalidad por flu a nivel mundial van a estar afectadas negativamente por la sustancial disminución en la vacunación, por la casi exclusiva atención salubrista este año, al problema no resuelto del COVID-19.
  • La mejor forma de calificar la seriedad de una enfermedad infecciosa como el flu o el COVI-19 podría ser con los “umbrales de intensidad” (Intensity Thresholds, IT), aún en investigación, y que se basan en 3 diferentes sistemas de vigilancia epidemiológica rutinarios: consultas por la infección, hospitalizaciones relacionadas con la infección y muertes relacionadas con la infección. No entro a hacer este análisis, que no es de mi especialización, pero COVID-19 supera al flu en todos y cada uno de estos marcadores
  • COVID-19 es una infección que produce enfermos graves y enfermos que mueren. En todas las edades.  Con riesgos superiores en ciertos grupos y aquellas condiciones que aumentan la seriedad de la enfermedad.  Pero COVID-19 es también una enfermedad que afecta todos los órganos y sistemas del cuerpo humano.  No es una enfermedad de un órgano o de un sistema.  Eso ya lo aprendimos, como se aprende sobre las enfermedades: entre mayor ocurrencia, más descubrimientos.  En otras palabras, solamente letalidad no dice todo sobre la seriedad o gravedad de una epidemia por enfermedad infecciosa
  • El confinamiento o la cuarentena, el distanciamiento social, han tenido un propósito: evitar conglomeraciones frente a una enfermedad que ya es contagiosa, antes de descubrirse sus síntomas; una enfermedad que se transmite de persona a persona; que es además una enfermedad que cuyo virus entra a y sale de las vías respiratorias, luego tiene una travesía o una fase aérea, que le acerca a nuevos huéspedes. Por ello, el confinamiento es un asunto de solidaridad, es un asunto de velar por la salud del otro, del que está cerca a mí.  Mientras no haya poblaciones amplias protegidas -y no conocemos aún que porcentaje de la población tiene que estar protegida de una forma u otra para crear una eficaz inmunidad en toda la población (inmunidad de rebaño)- no podemos abandonar las medidas de higiene y de distanciamiento que sí podemos adoptar, a nuestro comportamiento social y humano.
  • El uso de la máscara que cubra las fosas nasales y la boca persigue atrapar las secreciones o microgotas que del árbol respiratorio propio expelemos y diseminamos a nuestro derredor, con el estornudo, con la tos, con la saliva que viaja con la voz al conversar. No es solo una barrera contra el otro, es una prioritariamente una barrera para proteger al otro.  Tampoco es un instrumento de asfixia. Eso está bien probado, tanto cuando se camina o anda normalmente, como cuando se hace alguna actividad física, a pesar de que se insista que sí obstruye seriamente la respiración y que sí desoxigena críticamente y retiene peligrosamente el anhidro carbónico, por la subjetiva sensación que se tiene, de un menor flujo de aire en las vías respiratorias.
  • ¿Por qué no se adoptó más temprano el uso de la máscara? Porque pensamos que la enfermedad era una zoonosis y no se tenían pruebas que se transmitía de persona a persona. ¿Por qué ahora, cuando reconocemos que esta enfermedad se transmite por partículas húmedas aéreas, de una persona a otra, no aprobamos el uso universal de ellas?  Quizás porque no se ha podido conducir uno o varios estudios aleatorios -por la dificultad particular de realizar dicho tipo de ensayos en las comunidades- a partir de estudios observacionales que son favorables a su uso.  Hay muchas personas sin síntomas de COVID-19, será muy difícil que compartan el uso de máscara para cada lugar y ocasión; pero también hay quizás muchos infectados asintomáticos y ellos sí diseminarían la infección.  Mientras haya muchas preguntas que contestar, una palabra o acción preventiva debe no ser nociva.

Leave a Reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.