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El tráfico de drogas, el lavado de dinero, los asesinatos detrás de estas actividades, la función pública para gozar de privilegios que facilitan la actividad delictiva, el rampante robo y burla del erario, el secuestro de los 3 poderes del Estado por los delincuentes, todo esto lleva a un imperante estado de cosas que no pueden tolerarse, pero que son también un atemorizante estado de más crimen y delito, por lo cual gran parte de la ciudadanía prefiere no involucrarse en la protesta franca y física de ello.  Sin embargo, también existe la posibilidad de que sea tan amplia la presencia de los delincuentes y la delincuencia en la sociedad, que ella calla solo porque se ha constituido en parte de todo ello.

¿Por qué yo y no tú, el delincuente, es quien elige mudarse del barrio donde siempre viví, porque tú decides comprar y edificar tu mansión allí, donde nunca habías trabajado para ello o aspirado honradamente?  ¿Por qué yo y no tú, es quien debe levantarse de una mesa en un restaurante o en una reunión cuando tú llegas para sentarte sin vergüenza y con altanería?  ¿Por qué yo y no tú, es quien tiene que bajar la cabeza para que tu la levantes en el lugar donde coincidamos?  ¿Por qué yo y no tú, tiene que callar todo su malestar por tus bribonadas?  ¿Por qué yo y no tú, es quien debe esperar y ceder el paso en una recepción, en un club, en una escuela o en una oficina, si mi derecho a circular antes está bien ganado cuando el tuyo es el privilegio del dinero mal hecho y hurtado?  ¿Por qué y no tú, es quien debe pedir excusas?

Si los jueces ni los magistrados, si los diputados ni el primer magistrado de la nación, tienen la entereza de confrontar tus delitos por la esencia y gravedad de ellos, yo puedo confrontarte cada vez que te encuentre, con mi postura vertical y mi opinión bien voceada para que se escuche.  Al menos se escuchará cuando tú y tus componendas silenciaron las voces de las víctimas de tus desmanes.  Al menos se escuchará cuando otros, contigo, ensordecieron el recinto para que la víctima de tus despreciables actos no fuera escuchada.  Al menos se escuchará con el volumen de la dignidad y que retumbe entre las paredes donde se cuecen las injusticias de la justicia, donde se arman las trampas para legislar, donde se ejecuta a la democracia con silencios cómplices.

Les invito a que volvamos a la hora de las peores horas de la dictadura militar, cuando no nos tembló la mano para hacer sonar pailas, y copas, y vasos y platos, y cornetas o pitos de los autos; cuando no nos temblaron las piernas para marchar firmes por horas bajo el sol y con la frente en alto a reclamar justicia y libertad; cuando no nos tembló la voz para gritar la dictadura y sus crímenes en todos los rincones del país.  Hoy, no son uniformados quienes nos agreden, son hombres y mujeres vestidos como nosotros que encontraron el momento para armarse en la identidad de sus apetitos y despreciar la honradez, la honestidad, la verdad, la santidad del !NO! de una mujer o una niña amenazadas de ser violadas; la santidad del !NO! del pueblo al que se le asalta en su propiedad desde la función pública y por encima de sus necesidades de salud, de educación, de vivienda.  !Basta ya!  Es el momento de la ciudadanía.

 

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