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Recuerdo mis años de estudiante de medicina, cuando ya rotábamos por los hospitales, estetoscopio al cuello, y en los bolsillos de las largas batas blancas por debajo de las rodillas, el martillo de reflejos, el otoscopio, el oftalmoscopio y un cuaderno de notas de 5 x 4 pulgadas, que concentraba toda la ciencia. Teníamos más instrumentos que habilidades, pero un entusiasmo facial desenmascarado y, en el pecho, un pulso imparable que nos convertirían en doctores de enfermos.

Un día, rotando por el hospital psiquiátrico, llegamos a la sala de tratamiento con choques eléctricos o terapia electroconvulsiva. Un procedimiento que se hacía bajo sedación ligera, para pasar una corriente eléctrica fuerte y producir convulsiones generalizadas, una forma de ataque de epilepsia, con la intención de producir cambios en la química cerebral y la memoria, y revertir los síntomas psicóticos del paciente. Esta época nos dejó la imagen de que esto era una salvajada. Creo que sí lo era. La corriente eléctrica era lo suficientemente intensa para hacer perder la memoria y producir contracciones musculares tan severas, que podían producirse fracturas óseas. Y, como si fuera poco, se aplicaba la corriente eléctrica repetidamente, si se consideraba necesario.

Una cama con barandales, un colchón firme, una almohada forrada en su funda, en la cabecera de esta cama y, al lado, una máquina de electroshocks, con dos platos metálicos y lisos, conectados a ella, para ser aplicados en cada región temporal del cráneo de los pacientes. Del otro lado, un electrocardiógrafo para vigilar su ritmo y frecuencia cardíacas. Éramos cinco estudiantes del sexto año de medicina, un año antes de iniciar el internado en nuestra escuela. Cuando el paciente ingresó al pequeño cuarto, descubrimos que era uno de nuestros compañeros de estudio. Ni lo sospechábamos. Nos saludó todavía somnoliento y confuso, bajo los efectos de las drogas que se le daban para su esquizofrenia aguda. Creo que nunca supo quiénes estábamos allí. Fue sedado y se le preparó atando fuertemente sus extremidades para que no se golpeara ni se cayera al piso, su lengua y labios no se los mordiera y sus párpados fueron juntados con una tira pequeña de esparadrapo. Se le canalizó una de sus venas y se le pasó lentamente el sedante que lo llevó al sueño.

¿Quién de ustedes quiere aplicar la dosis de electricidad?, preguntó con tranquilidad y sin apuros, el médico psiquiatra con quien rotábamos esa mañana.

Antes de terminar la rotación de dos meses, me sugirió que estudiara psiquiatría.

No debe sorprendernos escuchar recomendaciones médicas para utilizar corrientes eléctricas en el manejo de enfermedades mentales, neurológicas e incluso tumorales cerebrales. Lo nuevo es que ahora se trata de pulsos de corrientes eléctricas leves y no choques eléctricos cuyos voltajes se ajustan para cada paciente y condición, sea la enfermedad de Parkinson, la depresión severa y resistente con ideación suicida, el síndrome de Tourette o, incluso, algunas adicciones y tumores cerebrales. Hoy me interesa presentar su utilidad en alguna de las enfermedades mentales más incapacitantes. Pacientes en quienes ya se ha usado todo medicamento probado y seguro y no hay respuesta terapéutica, para pacientes que no toleran las medicinas que necesitan para el control de sus condiciones, para pacientes que lo escogen como forma de terapia porque les ha ido bien o durante el embarazo, en situaciones donde la psicofarmacoterapia es dañina para el feto en gestación.

La terapia cerebral eléctrica de hoy es una que estimula el cerebro con pulsos de electricidad. Esto debemos tenerlo claro para no retraer a la memoria la información e historia del pasado. La terapia eléctrica convulsiva o electroshock se utilizó, primero, para el manejo de la esquizofrenia y más tarde para la depresión resistente al tratamiento farmacológico, para la manía severa, para la agresividad y agitación de pacientes con cualquier forma de demencia y en pacientes con catatonia, asociado a la misma esquizofrenia y otras psicosis. En la medida que nos hemos familiarizado con la electricidad y frente a la incapacidad de controlar serios síntomas de enfermedad mental con la variedad de psicofármacos con los que contamos, la terapia electroconvulsiva se ha reemplazado por la terapia de estimulación cerebral mediante corrientes eléctricas, una forma de tratamiento más puntual y sin el dramatismo chocante de una descarga eléctrica grande productora de epilepsia.

De la estimulación magnética transcraneal no invasiva, la ciencia sugiere ahora la implantación de electrodos en ciertas áreas profundas del cerebro para su estimulación (DBS: Deep Brain Stimulation o estimulación profunda del cerebro) mediante un alambre ferromagnético externo, que transmite la corriente de electricidad e induce un campo magnético, sin dolor. Ello revertiría los trastornos emocionales o del ánimo de la persona enferma y les haría sentir mejor y con mayores energías, como cuando se cambia el cableado deteriorado del sistema eléctrico de la casa. El recableado de las conexiones neuronales del cerebro tiene el potencial de restaurar su función.

Después de implantados los sensores en las áreas profundas del cerebro se requiere cerca de tres semanas para que la inflamación quirúrgica desaparezca y la cicatrización se complete. Entonces se comienzan a probar corrientes eléctricas de diferentes intensidades o voltajes, la frecuencia de los pulsos eléctricos que se deben proveer, y la duración o amplitud de esos pulsos. Una forma de marcapasos cerebrales que permiten estimular diferentes regiones o sitios al mismo tiempo, por ejemplo, hasta reconocer y capturar el tracto de materia blanca que hace las conexiones neuronales cerebrales que mejoran al paciente. En otras palabras, qué electrodo es el que realmente está dando resultado con su estimulación.

Configurar esto se logra con las respuestas verbales del paciente sobre su estado de ánimo, de fuerzas y entusiasmo, y puede tomar varias horas o días y hasta semanas o meses. Es un proceso que se dosifica para cada paciente y las respuestas pueden observarse en semanas o meses. Cuánta ansiedad y cuánta energía siente el paciente califica el resultado del tratamiento. Eventualmente, algún electrodo se puede silenciar o activar, cambiando la amplitud del estímulo, según lo observado por el paciente y la necesidad de uno u otro estímulo eléctrico. Un 35% de reducción de síntomas del paciente con el trastorno obsesivo compulsivo (TOC u OCD), por ejemplo, significa que, para alguien con 12 horas de sufrir síntomas por su condición, que ni siquiera puede salir de su casa, con esta estimulación eléctrica ese tiempo se reduce a unas seis horas al día, lo que le permite atender tiempo laboral, de recreo o de estudio y disminuir la cantidad de medicamentos que recibe. Este logro de reducción de síntomas de 35% se ha logrado en un 50%-75% de los pacientes.

Este procedimiento personalizado, donde el paciente controla los pulsos eléctricos que envía a neuronas profundas en su cerebro y que ajusta el médico según resultados, no es uno al que todo enfermo tiene acceso. Tampoco es un procedimiento libre de complicaciones siendo un procedimiento invasivo que, además, puede producir alteraciones del estado de ánimo en uno u otro extremo, de gustos y preferencias. Es importante considerar que generar campos eléctricos profundos en el cerebro es el último recurso para aquellos que no mejoran con las terapias disponibles. ¿Cambian este tipo de intervenciones para tratar enfermedades, la esencia de lo que somos, nuestra personalidad, nuestra identidad o la responsabilidad de nuestros actos? Es la pregunta que se ha hecho Adina Roskies, profesora de filosofía de Darmouth College.

La manipulación del cableado de circuitos eléctricos cerebrales que la neurociencia ha ido perfeccionando, destapa un abanico de cuestiones éticas sobre quiénes somos, cómo somos, cómo queremos ser. No es solo ahora con la implantación profunda en el cerebro de campos magnéticos, sino antes con el advenimiento de la psicofarmacología y la estimulación magnética transcraneal de la corteza cerebral o las acechantes técnicas de edición de genes para corregir errores fetales del neurodesarrollo.

Esta es una tecnología en la mitad del camino y su mayor llamado de atención está en la no maledicencia, ese valor de la bioética que se traduce en la frase: “primero no hacer daño”.

Publicado por el diario La Prensa, de Panamá, el viernes 13 de enero de 2023

1 Comment

    • Gema González Olivé Reply

      14 enero, 2023 at 9:38 pm

      Muy interesante todo, ojalá se siga estudiando sobre este tema de trastornos mentales y posibles curas o ayudas, es muy necesario, hay mucha gente con necesidad y familias con deseos de ayudar a su enfermo, que en la sociedad son mal llamados locos. Educar debe ser primordial

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