- Nov 11, 2022
- Pedro Vargas
- Bioética, Ciudadanía, Cívica y Política, Cultura Democrática, Cultura Humanista, Cultura Política, La Prensa, MAESTROS DE MEDICINA
- 0 Comments
Nos dice Andrew Butterfield, que el desplazamiento y la nostalgia del regreso, han inspirado tanto la literatura, que nos encontramos con ello, “desde los tiempos de la Biblia hebrea y la Odisea”. Desarrolla su tesis sobre la Divina Comedia, señalando el caso de Dante quien fuera expulsado de su nativa Florencia en 1302, “víctima de la interminable violencia política de su ciudad… desnudado de todas sus propiedades; separado de su familia; amenazado de muerte en la hoguera, tan pronto se atreviera a regresar”. El migrante lo hace por diversas razones, ninguna borrando su memoria, no siempre de forma regular, me atrevo a decir, que la mayor parte de las veces, de forma irregular y siempre con temores. Nosotros, la sociedad y los países somos responsable de que sea así. Por eso, los asuntos de las migraciones no son uno de los que migran sino de todos.
Hoy se cierran todas las fronteras para los migrantes que huyen en la región, de regímenes autoritarios o estados fallidos y de pobrezas miserables donde hay riquezas para 4 gamonales. Ese espectáculo lo vemos en pantallas y lo leemos en impresos, sentados en poltronas, como lo he descrito antes, haciendo eco a los silencios de los cómplices. Entre los de hoy, me conmueven los haitianos y me llena de rabia e impotencia no solo la frialdad por el sufrimiento del ser humano y la ingratitud por la historia, sino la hipocresía de las democracias y el racismo de nuestros pueblos. No somos iguales de verticales y robustos para cerrarle las fronteras a los dictadores, a los gobernantes autoritarios y criminales como los de Cuba, de Nicaragua y de Venezuela, pero si corremos a hacerlo a quienes de sus decisiones huyen amenazados. Lo hacemos contra aquellos sumados en la pobreza y la ignorancia por sus compatriotas enriquecidos fácil o delictivamente, como son los de nuestros vecinos centroamericanos, o de los que tratan de escapar de la violencia sistematizada de México. Si fallan las democracias es por estas endebles resoluciones sobre su carácter y su ética, por sus conceptos sobre patriotismo y nacionalismo, por anteponer lo legal sobre lo ético, particularmente cuando las leyes nacen de una visión proteccionista en un mundo globalizado.
Los negros de la Repiblik d’Ayiti fueron los primeros en hacer una república libre, de esclavos negros, en América Latina, desde las bautismales aguas del Caribe. Se liberaron de la opresión colonialista francesa y fueron condenaron a la pobreza paupérrima, a enfermedades por falta de higiene y de vacunas, a la corrupción rampante de sus propios gobernantes hambrientos de oro, a la sorda inequidad, al sometimiento indigno por otros, suyos y extraños, y a las recias calamidades naturales, propuestas a borrarla del mapa caribeño. Su grito de guerra era: “Liberté ou La Mort”, y sigue siéndolo, con más muerte que libertad.
En la honda selva del Darién, que comparten ladrones y criminales del vecindario, se encuentran y desencuentran seres que explotan unos a los otros, que violan a sus mujeres, que ahogan en las rápidas corrientes de sus ríos a sus hijos de brazos y de tetas. No se alza una sola voz, sino fusiles, solo cantan los pájaros de múltiples colores, las serpientes que se mueven como sus silbidos y el hosco gruñido de chacales en dos patas. El resto del continente calla. El resto del mundo cierra los ojos. Es la hora de dormir con el enemigo.
No hay acto más racista y más hipócrita que las reuniones de urgencia o extraordinarias, y ni siquiera ellas, de países de todas las regiones sorprendidos por la trata humana, por la venta y compra de la vida de hombres y mujeres con el lodo en la rodilla y la rodilla sobre la tumba de sus hijos muertos en la travesía, por la ignorancia voluntaria de donde germinan tantos delitos, tanta corrupción y tanta impunidad y sus úteros. Y es que allí en esa selva se conjuga el fracaso de la humanidad. Allí se llega con unos cuantos dólares que cambian de manos prontamente, no como cuando se llega con millones mal habidos que atrás dejaron huellas de hambre, muerte y deuda para otros. Allí se llega con sueños de libertad y dignidad, pero con miedos aún no superados. Miedos que inculcaron el escarnio físico y el asesinato a otros con la misma lengua y apetito por la expresión y el paso libres, por depredadores de erario y vidas, invitados a pertenecer al consorcio de naciones, a redactar convenciones contra la tortura y penas crueles, a dictar principios sobre derechos cuando las burlan antes de redactarlas y con muecas sin vergüenza que recrean en el espejo de las copas de champaña, en los burdeles de las dinastías, en los cementerios levantados con su cobardía.
Es muy difícil celebrar la patria los noviembres y sus actos de heroísmo cuando otros, que lo hicieron antes, todavía no les hemos permitido hacer la suya. Cuando miramos a otro lado en cada golpe, cuando llegamos a poner curita donde se moría con hemorragia, cuando aún no nos conmueve -y menos lo voceamos alto a los cielos- el asesinato sufragado en alcoba o en palacio. Pero no hicimos tampoco nunca nada cuando el colonizador cobró por años una deuda injusta por los resultados cruentos de la independencia y enterró allí aquellos valores generosos de la igualdad y la libertad que incendiaron la Bastilla. Vuelvo a Haití la negra, Haití la escoria, Haití la otra prostituta en el prostíbulo caribeño, Haití la huella de la ignominia y la pobreza donde sus pies desnudos andan sobre aguas residuales o servidas con excretas, también negras, para caer unos pasos más adelante infestada a morir de abandono.
Hay quienes no hacen esfuerzo alguno para determinar que frente a aquel que busca migrar a un nuevo país, no hay deberes morales para asistirlo. Que una crisis de inmigrantes como la que vivimos en nuestro país no es una del país sino de quienes migran. Ausencia total de humanismo y ética. Hay que recordar que en esta disyuntiva están frente a frente los valores morales del migrante y los del nacional. También las obligaciones legales de unos y otros. Dentro de nuestras mismas fronteras, obligamos a seres humanos nacidos en nuestras tierras a que se desplacen de sus lugares donde nacieron, donde cultivan la tierra para sus alimentos, donde encuentran el paisaje que les enriquece el espíritu y donde aprendieron a vivir con restricciones y abandono de nuestras autoridades. Los tratamos mal o sin importarnos cómo viven, igual que tratamos a los que se desplazan de sus países, porque ni hacemos bien a otros ni dejamos hacerlo. Ese moralismo parcializado, que magnifica la importancia de lo legal a la hora de observar los deberes y derechos morales al permitir entrar o rechazar su entrada a quien no tiene o busca dónde llegar, es detestable. Y peor, cuando apunta a determinados grupos de personas, claro lucimiento deshonroso de racismo.
Aprovechemos el mes de la patria, para señalar que patriotismo no es sinónimo de nacionalismo, que no se es patriota porque se ventea una bandera tricolor de 2 estrellas en el parabrisa del auto solo en noviembre. No se es patriota porque nos preocupamos primero y exclusivamente por el bienestar de nuestros nacionales -o ni siquiera eso como vemos a menudo- y dejamos a su suerte al que llegó a nuestras tierras y playas en busca de un nuevo país donde vivir, crecer y servir a su engrandecimiento. Que no solo los sentimientos de identidad nos hacen ciudadanos, sino también y tan importante, los sentimientos de solidaridad. Los derechos a la protección son de todos los que habitan nuestro territorio, no son exclusivos de quienes tienen una cédula de ciudadanía, eso es irrelevante, y, en el mundo globalizado de hoy, el Estado panameño tiene deberes morales para con todas las personas que le habitan. Hay que decirlo, no es difícil encontrar entre migrantes y extranjeros, mejores hombres y mujeres para el desarrollo del país.
Los migrantes, los que migran, son seres humanos, son personas, tienen ciudadanía diversa o universal, son ciudadanos del mundo y la autoridad mundial que lo reglamente es la ética del humanismo y la benevolencia.
Publicado en el diario La Prensa de Panamá, 11 de noviembre de 2022
El autor es neonatólogo y pediatra.