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Entre las libertades individuales y los intereses colectivos o comunes de la sociedad, no todo es malacrianza ni dictadura.  Las disparidades en la atención de la salud, frente a urgencias sanitarias -como las emergentes con la pandemia de COVID-19- alertan ante el valor incuestionable e inaplazable de la equidad.  Frente a los limitados recursos tecnológicos y humanos en el campo sanitario, las buenas intenciones no automáticamente producen eficiencia.

 

Es necesario entonces, que un asunto delicado como el mandato de vacunar o la opción de no hacerlo, debe reducirse al entendimiento de que ninguna de los dos caminos esta exento de riesgos, y, mucho menos, de unanimidad. Aún así y, por ende, sí hay un mandato que cumplir, ese es el de la discusión de la ética al hacer políticas públicas, en el campo de la higiene y la medicina.

 

Quien ejerce su derecho a no vacunarse, ¿percibirá el riesgo de perder años de vida o de transmitir la enfermedad a otros, incluso a sus seres más apreciados y queridos? Y, al favorecer el mandato a vacunar, ¿a quién priorizar frente a las limitaciones de recursos, a los que mueren más rápido, como son los ancianos y los enfermos crónicos, o a los que son más fuertes y jóvenes, que mientras son más eficaces generadores de contagios, también son los más eficaces para que asegurar el rescate económico de la sociedad diezmada?

 

Ante la crisis humanitaria de una emergencia de salud como la pandemia de COVID-19, la vacunación entre comunidades hacinadas, sin agua potable o disposición de excretas, sin acceso al trabajo ni al alimento, o a lo mínimo necesario para cumplir con medidas probadas de mitigación, como son el uso de máscara facial y guardar un calculado distanciamiento físico, ¿pueden allí encontrar favorable eco, para el cumplimiento con un programa de vacunación?

 

En un andar sin tratamiento seguro, probado eficaz y definitivo para la infección y la enfermedad, ¿no es acaso la vacunación, tanto prevención como tratamiento? Si el costo humano y económico de la enfermedad se cuenta día a día con cifras crecientes y altísimas, ¿no es acaso la vacunación el mejor instrumento biológico y económico con el que se cuenta hoy, aún cuando no tengamos cifras precisas de su protección y por cuánto tiempo?

 

No descarto la seria posibilidad de que aquellos que más necesitan de las vacunas contra COVID-19 no son precisamente los apóstoles de la no vacunación, como que aquellos que se benefician de la inmunidad de rebaño sin contribuir a ella, son los que se empecinan en hablar de libertades individuales mientras ignoran los valores éticos de la beneficencia, de la no maledicencia y de la justicia social, como valores y gestos solidarios con el Otro.  Es necesario apuntar a un lugar donde los derechos de todos, solo se validan en el cumplimiento de los deberes para con el Otro.  En otras palabras, lo legal y lo ético no son lo mismo.  Hay que recordar cada vez, que nuestro sistema reconoce que pertenecemos a una comunidad, donde no es ocasional el limitamos algunos aspectos de nuestras libertades, por el beneficio y bienestar de otros.

 

Pero todavía hay otros males no resueltos, a todas luces injustos y no éticos, como dar paso preferencial a crear excesos de vacunas que no se aplican, mientras se obstaculiza el paso a los grandes grupos de gentes con deseos de vacunarse y a quienes se les deja en interminables filas, para un futuro que puede ser el encuentro con una enfermedad seria o una muerte prematura.  O, no aprovechar y vacunar a toda la familia de uno de los vulnerables bien identificados, precisamente frente a la oportunidad de encontrarlos juntos.  Y, como lo he señalado antes, ¿por qué no haber atendido primero las regiones y áreas de donde provenían y provienen quienes hicieron y hacen los números de fallecidos y haber vacunado y vacunar por barrida, en tales lugares?  Y, no último, el uso de la fuerza y el privilegio para romper las filas para vacunarse, detestable aún ante la urgencia, porque la urgencia está entre los no privilegiados.

 

Entonces, se borran las poblaciones vulnerables de los prístinos días y se crean otras, tambaleando en directrices que no han sido ni sensatas ni éticas.  Más que agotarse al ceñirse a estrictas fases de implementación de la vacunación, o, en criterios de libertades individuales, fortalezcamos el criterio de la oportunidad para todos.  La bioética en salud pública y el comportamiento ético, para asegurar la salud social e individual, descansan hoy día, precisamente, en la relación médico paciente para la atención y el cuidado clínico: el conocimiento y la experiencia del médico, la estandarización del cuidado médico, y, las preferencias del paciente, que implican información amplia y completa, como respeto a lineamientos de un consentimiento.  Nada de esto se debe ver como un obstáculo, más bien como garantía de un fluir necesario.  Esa es la ética en el desarrollo de las políticas de salud pública, que no riñen con la ética de las decisiones cómo se organiza la sociedad[1].  20/07/2021

 

[1] Alta Charo R, Kearney W: “We Really Should Be talking About an Ethics of Policymaking, Not Just the Bare-Knuckle Politics of Policymaking”. ISSUES in Science and Technology. Vol XXXVII, No. 4 Summer 2021

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