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Me gusta reiterar la frase que el oncólogo Sikkhartha Mukherjee, en The Laws of Medicine, atribuye a uno de los cirujanos que lo entrenaron en su carrera: “Es fácil tomar decisiones perfectas cuando se tiene información perfecta.  La Medicina te pide tomar decisiones perfectas con información imperfecta”.  Y, más adelante dice: “las leyes de la Medicina…son realmente leyes de lo esquivo o equívoco, de lo impreciso y de lo incompleto” que es el proceso de la práctica médica.

 

Negligencia y error en el ejercicio de la Medicina son formas de mala praxis médica que se utilizan como sinónimos, cuando no lo son.  Son la omisión y la comisión, nada diferente a un encerrona.  Pero más importante que sus definiciones es lo que hay detrás de producirlas, de generarlas.  Así, la negligencia puede darse por descuido, por exceso de confianza, por desconocimiento, por pereza y, la mala praxis, por no vencer la raíz o raíces de la negligencia.

 

Esto lo traigo a colación de un artículo reciente de Jaime Raúl Molina, donde prefiere utilizar el término de “asimetría de riesgos”, cuando de ordenar de más o de menos, hacer de más o de menos es lo que prepara el camino de la negligencia y del error en la práctica médica.  Y con tino señala que la denuncia y la demanda contra la práctica médica se concentra desproporcionadamente en el lado de por hacer poco que en el lado del por hacer mucho.  Pero, ambos extremos –y en ambos extremos se ejerce una medicina defensiva- producen daño biológico y tienen un alto costo de lo higiénico, tanto a nivel social como individual.

 

En Medicina, el conocimiento se hace en base a la observación de todos los sujetos y de cada sujeto individual. A la certeza nos aproximamos con el aval de la investigación bien diseñada, reproducida en sus resultados y probada la aproximación terapéutica con evidencias.   Pero no todo lo que se hace y se conoce ha pasado por esa criba que ilumina, aunque transitoriamente.  Esto constituye un material extenso y amplio que ningún ser humano puede tener a mano por el solo hecho que nadie tiene la capacidad de alimentar su cerebro con todas las situaciones y las experiencias que se contienen entre la salud y la enfermedad.

 

Esta complejidad extensa que parece nunca desenredarse llama a la prudencia desde el estudio del paciente hasta la toma de decisiones, a partir de las opciones que se presenten.  Es la misma prudencia que todo médico ejerce para hacer juicios sobre negligencia y error, y que el público llama complicidad para callar.

 

Hay profesiones, especialidades médicas y quirúrgicas, que aparentan ser menos prudentes, más agresivas, más impetuosas y con mayor sentido de urgencia en la búsqueda de soluciones para aliviar o curar, pero nunca más imprudentes que la ignorancia de qué y lo que ignoramos.  Y esa ignorancia está muy cerca del paciente que sufre, entre menos cultura médica existe en una población.  Esa población que exige más estudios, más medicinas, más tratamientos, dentro y fuera de la medicina probada por evidencia, en las riberas de las pociones mágicas y la verborrea atrevida y comercial de los falso profetas de la curación, chocolates o verdes, con o sin batas blancas, guantes y asepsia.     28/11/2018

 

 

 

 

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