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A diario escuchamos que la educación nos hace libres.  Pero, ¿a qué libertad se hace referencia?  A la libertad de la sociedad del rendimiento, la dominada por “el individualismo contemporáneo, cuya preocupación es reducirlo todo a su precio en el mercado”, dice Alain Badiu, en el prólogo de uno de los tantos libros del filósofo coreano Byung-Chul Han.   En este afán, a mí se me enseña a producir, y solo así yo soy libre, una emboscada, como lo dice el mismo prologuista, bien estructurada, donde la satisfacción del narcisismo nos lleva hasta el cansancio, hasta el agotamiento, hasta el “Burn Out”.

 

 

Los horarios de estudio cambiaron: 8:30 a.m. – 2:00 p.m.

Horario para hacer las tareas: de las 2 p.m. – hasta terminarlas

Horario de trabajo del otro padre: 7:30 a.m. – hasta entrar la luna

 

Las madres son también las encargadas de vigilar que los niños entren a las clases en el horario establecido por las escuelas a distancia, que atiendan las clases frente a la computadora y no frente a juegos de pantalla o la puerta abierta de la refrigeradora, que no se distraigan, que no peleen, que hagan las tareas y cuando no las pueden hacer -porque los niños no entendieron un diablo de lo explicado de forma distante y sin calor- hacerlas ellas, a como puedan entre las otras obligaciones domésticas: pensar en qué se va a comer, qué se va a cocinar, qué hay que salir a comprar el lunes, o el miércoles o el viernes, qué ropa hay que lavar y planchar o pasar por la lavandería, llamar al plomero o al electricista porque ahora en cuarentena todo se daña y es más urgente repararlo, cómo destapar el excusado y el desague del baño lleno de más hebras largas de cabello que en una peluca, arreglar la televisión y el internet, etc., etc.  Todo esto para que la escuela apruebe a sus hijos por “su buen rendimiento escolar”.  Rendimiento.  Resultado: el “Burn Out” o agotamiento de las madres y de los niños.

 

Esto suma a los factores de riesgo para la salud mental.  No hay que ser psiquiatra para reconocerlo, pero sí ser autoridad para ignorarlo. Si la pandemia ha trastocado todos los rincones del comportamiento humano y del funcionamiento de la sociedad, ¿cómo nos conformamos con que todo lo que se requiere modificar en la educación es cambiar el sitio donde estaban las aulas de clase?  El currículo tiene que modificarse.  La forma de calificación tiene que desaparecer.  El interés debe ser que el niño aprenda, no que pase el año.

 

Todos los padres se preguntan, ¿cuándo terminará esto?, ¿tengo que aceptar que esto seguirá así mientras las exigencias de las autoridades escolares no se modifican con coherencia?  Muchas madres prefieren, y con razón, que repitan el año.

 

Hacer tareas en casa no es nuevo.  Lo nuevo es escuchar las clases en casa en forma bidimensional, con la frialdad de lo impersonal.  No todos los días son iguales. Hay días buenos para buscar, para explorar, para dibujar y pintar, para abrir un libro y para leerlo.  Pero lo más sano es evitar lo rutinario y darle paso a lo diverso de cada uno, que nos permite descansar mientras hacemos lo que nos gusta hacer.  La madre maestra no es la excepción y el niño estudiante tampoco. No todos los días son iguales. Hay padres y niños que no pueden desayunarse temprano sino después de las 9 o 10 de la mañana. Hay otros padres y niños que no pueden ponerle buena cara al mal tiempo; o que no son “Morning Persons”, son personas que levantarse de la cama, bañarse e ir a desayunar y dar los buenos días les son actividades muy difíciles en esos horarios.  Con ellos, es preferible no forzar estudio alguno en esas primeras horas.  Las escuelas no individualizan.  Permitan que las clases en casa lo hagan.  Si se graba la clase dictada, permitan que se tome más tarde que se entreguen las tareas dando más tiempo para hacerlo. Lo importante es aprender no cumplir con un horario de regimiento. No es un asunto de disciplina solamente, y, mucho menos, de disciplina para solo castigar y fracasar.

 

Los niños más chicos, los preescolares y los escolares tempranos, son los que necesitan más ayuda para aprender.  No es diferente en este período de confinamiento en los hogares, siempre se ha reconocido. Si la educación fuera individualizada y los salones de clase menos densos, los maestros conocerían mejor a sus alumnos y podrían guiar a los padres sobre cuáles habilidades requieren ser enfatizadas en cada niño.  Entonces, dirigir el aprendizaje con las actividades diarias en la casa del niño sería menos extenuante, menos frustrante. Incluso estos maestros podrían dar ideas a los padres de cómo hacerlo con lo que se dispone en casa. Los maestros deben estar en disposición de conversar de estas cosas con los padres. Y si algo más se logra, es diversión para el niño, la mejor forma para que le guste todo proceso de aprendizaje.  Aproveche que Ud. conoce qué le excita al niño cuando lo ve explorando el patio, los libros ilustrados o en los parques y le quedará más fácil hacer una tarea sobre esos intereses suyos. ¿Acaso no es lo mismo para la clase de inglés que escriba sobre los gusanos de tierra que sobre Copérnico u otro texto ajeno a su interés?

 

Los maestros pueden facilitar el aprendizaje de los niños en confinamiento y evitar el agotamiento emocional y el cansancio intelectual de sus padres, apartándose de la rigidez de un currículum creado para enseñar en las aulas de clases, con una metodología prusiana, a todos por igual como si todos fuéramos iguales.  En los primeros años de formación y educación de los niños es sumamente importante conocer la individualidad de cada uno y honrarla, no oprimirla y abolirla.   Y pensemos todos, lo potenciado de las dificultades estas cuando se trata de la educación en casa de niños con situaciones y necesidades especiales.  Pensemos un rato.

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