Entre la impaciencia, que ya alcanzó la cumbre, y la imperante impunidad, grosera y celebrada, los pueblos vamos perdiendo confianza en el sistema que nos garantizaría bienestar y las democracias debilitan su fervor por la libertad. Este es tránsito para el populismo, las autocracias y, mayores desmanes que los originarios.
Quienes también aspiran al poder desde las mismas tarimas, para doblegarlas después, porque gobernar es poder, tienen pavimentada esa trocha que todavía es de polvo y de lodo, pero que es exquisito trampolín para montarse ahora y hacer lo mismo o peor, y doblegar la voluntad humana.
El escenario electoral panameño está dibujado con los mismos crayones con que se pintan la naturaleza, el cielo y el infierno. Hay verdes que ya son azules y azules que desprecian su origen verde; rojos, malditos rojos, no importa si mecen las ramas hacia la izquierda o hacia la derecha; amarillos, que solo engañan en la mitad de su arco iris; blancos, no muy blancos, que se apoderan el rojo y el azul, que fueron siempre los de la patria. Por eso hoy, yo prefiero el color naranja que señala caminos nuevos, y veo en Ricardo Lombana un hombre joven, tenaz y valiente, honrado e inspirador.
En salud, yo no quiero “Salud igual para todos”. Esa salud es de pobre calidad, es pobre. Esa salud es demagógica, no todos tienen las mismas necesidades de salud. Esa salud no es igual, es mentira, es desigual. Quiero una atención de salud humanista y científica.
Yo quiero una atención de salud cerca del paciente, que sea alcanzable o asequible, es decir, que busque al enfermo o al ciudadano sano a riesgo de enfermedad, como son el anciano, el niño y la mujer. Donde la atención primaria es tan importante como la atención de urgencias. Quiero que el concepto de urgencias sea aplicado a la necesidad de atención y no solo a la gravedad del estado del paciente. Y quiero centros de especialidades fuera de los hospitales, que refuercen la labor de excelencia de la medicina de atención primaria, donde los recursos y los procedimientos especiales puedan dirigirse con puntualidad clínica y científica.
Yo quiero una atención de salud que se pronta, para lo cual no hay que hacer filas sino encontrar las puertas abiertas las 24 horas del día. Centros de salud con horarios de hospitales para atención de quienes enferman de noche, aquellos cuyos horarios de trabajo no les permiten llegar en los mismos horarios, para los niños cuyos padres solo pueden atenderlos en las finales horas de las tardes o en las noches, para facilitar y promover la vacunación, a la que no se le puede restringir a unas horas. No hay horas para enfermarse ni para morir. Quiero servicios que garanticen la atención que se necesita, no la que es cómoda para el profesional de la salud.
Quiero una regionalización geográfica de los servicios de atención basada no en intereses políticos y bolsas de electores, sino en conocidas realidades de salud y enfermedad, con medios de comunicación seguros para la ida y para la vuelta, para lo cual se tienen que garantizar excelentes vías o formas de comunicación y no darle excusas a las muertes por enfermedades agudas, por enfermedades prevenibles, por embarazos y partos o, por la pobreza.
Para reparar la atención de salud del país hay que reparar el acceso no solo a los servicios sino también el acceso a las medicinas. Y quiero que el acceso a las medicinas no sea una actividad para el comercio de la salud. La competitividad es no solo necesaria sino motor de logros, pero la solidaridad y la colaboración entre las diferentes disciplinas en la sociedad es lo que le da sostenibilidad a los proyectos nacionales.
No podemos curar o prevenir sin tener acceso a uno de los componentes de la medicina, la farmacia. Y la farmacia no puede abandonar su rol en el proceso de la atención de la salud por anteponer beneficios económicos y números financieros. Es por esto que el asunto de las medicinas y su acceso y costos, su disponibilidad, debe estar en la estricta vigilancia del Ministerio de Salud y no solo del Ministerio de Comercio. El desabastecimiento y los altos costos de las medicinas afectan la salud de los marginalizados de la sociedad y de los pobres. Ellos también enferman y también mueren, también tienen esperanzas y también tienen derechos.
Panamá es contradictorio hasta el cansancio y la injusticia. Tiene uno de los más altos PIB (producto interno bruto) y crecimiento del continente y también desplaza a casi todo el continente en inequidad. Desde los tiempos de la construcción del Canal de Panamá lideró la lucha contra las enfermedades infecciosas como la fiebre amarilla, que eliminó, y la malaria, que redujo, estuvo siempre cerca de los avances de la medicina occidental con la presencia de excelentes médicos y cirujanos del Hospital Gorgas, en las faldas del cerro Ancón, y recurre todavía hoy a colectas de dinero para llevar niños a operarse del corazón o síndromes raros a Suramérica, se ocupan camas por largas semanas en el hospital de la Caja de Seguro Social para guardar un turno de cirugía, y se nos mueren niños en las áreas comarcales por enfermedades prevenibles, infecciosas y parasitarias.
Estas contradicciones son disparidades que nacen de la burla a las obligaciones al sistema impositivo, del asalto al erario por hombres y mujeres no solo ricos sino también y descaradamente -prominente hoy día- de las mismas procedencias de los más pobres, de una detestable segregación que hace la afiliación política, la propiedad -incluso más que la clase social- y el resentimiento por la pobreza propia sin el propósito por mejorar a los demás sino por destruir; y por un divorcio cruel de la clase no política, empresarial o profesional, de las políticas nacionales de educación, salud, vivienda y trabajo. 23/3/2019