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Rompamos el Silencio es una iniciativa que nace -con deuda- del estigma hecho viral en las redes sociales, contra la decisión de quitarse la vida y contra el ser humano que toma esa decisión.  Recuerdo responder a cada calificativo, indignado y preocupado. Innumerables veces leí epítetos y adjetivos degradantes: “cobarde”, “cobardía”, “drogado”, “crimen”, “pecado”, etc.

El estigma, particular contra el suicidio y quien planea y se quita la vida, reveló y revela desinformación e ignorancia, más que falta de empatía por la persona que sufre, desesperanzada, agobiada de existir en una sociedad cuya prioridad es la competitividad salvaje que se vale de cualquier instrumento, entre ellos el matoneo o “bullying”, y que tarde o temprano lleva al cansancio.

Teníamos que escuchar, para educarnos, no solo el estado del conocimiento por parte de los teóricos sino también las experiencias de las personas que estuvieron y han estado cerca del suicidio.  Después de 3 largos años, no solo aprendimos a escuchar, sino que nos permitimos hablar.  Y, con ello, seguro se han evitado pérdidas de vida y se han creado esperanzas.

¿Existe una forma de cambiar nuestra actitud hacia las drogas y hacia quienes la usan?  Seguro que sí, sacando la adicción a las drogas, de la oscuridad y de las sombras, como bien lo dice la Dra. Nora Volkow[1], directora del NIDA, el Instituto Nacional del Abuso a las Drogas.  Y, otra vez, “reemplazando el juzgamiento por la compasión”.

De la mano de la Ciencia podemos hacer esto.  La ciencia nos ha permitido conocer mecanismos íntimos que, sobre el cerebro, producen cambios con el uso de substancias. Por ejemplo, conocemos por qué el uso compulsivo de ellas no es un asunto de pobre o débil carácter, y menos, una sinvergüenzura.  El esfuerzo y la preocupación de quien usa substancias, por romper este ciclo, es uno de los más reconocidos y visible, entre quienes viven cerca de adictos. No cabe ningún descalificativo para estos seres humanos que sufren, como los que seguimos utilizando y escuchando en la comunidad.

También la ciencia nos ha demostrado que el riesgo de adicción a substancias psicoactivas es superior entre más temprano se inicia su uso, entre más intenso es su uso, entre mayores son las concentraciones de las substancias adictivas.  Lo repito, porque todavía hay muchos que ni siquiera se detienen a hacer las consideraciones propias, pero, por ejemplo, la marihuana que Ud. fumó hace 40 años, solo contenía entre 3% a 4% del componente adictivo, el tetrahidrocanabinol (THC).  Hoy, su hijo o su hija tienen acceso muy fácil y desde muy temprano, a marihuana que contiene 14% y 16% de THC, y compuestos artificiales con concentraciones superiores al 18% y 20%, no solo altamente adictivos sino potencialmente mortales.  Conocer y reconocer estos datos que nos permite la ciencia disponer, es esencial para que saquemos de la oscuridad y de las sombras la adicción y tomemos, como adultos y como jóvenes, mejores respuestas para las personas adictas y mejores oportunidades para su bienestar.

La adicción no es una enfermedad que solo daña el cerebro del adicto, es una que gravita en toda la vida de la sociedad, la hace nicho de personas enfermas, la modifica en sus valores, la destruye en sus instituciones, la secuestra para el crimen.  Todos tenemos un rol de responsabilidad, todos somos responsables, en sus catastróficos resultados o para el éxito de su manejo y solución.  La adicción es protagonista mayúsculo del fracaso estudiantil, de las cifras crecientes de desempleos, del desfase profesional, de la pobreza y la enfermedad.  El estigma es nuestro mayor enemigo porque mientras crea sentimientos adversos hacia el fenómeno social y las personas adictas, también aleja de concebir y estructurar políticas higiénicas y sociales apropiadas, aquellas que tienen que ver con la salud pública, no con el comercio, no con el crimen abultado.

Las escuelas de medicina comienzan a reconocer el problema de la adicción en la sociedad y sus programas de formación sobre adicciones ya se inicia con buen pie en la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional.  Es un comienzo que requiere mucha inversión.  Las instituciones de salud hospitalarias se vienen preparando para el manejo profesional y experto de las agudas crisis de la adicción como la violencia o la ideación suicida.  Las aseguradoras de salud tienen todavía pendiente un compromiso serio y duradero con el tratamiento y la salud de los adictos.  Faltan centros de desintoxicación aguda que no exijan sino el voluntario acercamiento para recibir un tratamiento que puede salvar vidas.  El sistema judicial no puede ignorar los crímenes que se cometen bajo los efectos de la adicción, pero no puede ofrecer como respuesta la cárcel que castiga, donde se abandona al adicto como si fuera un animal feroz. La adicción es un problema médico donde no tienen cabida ni la discriminación ni el juicio que estigmatiza, aún presente entre nosotros los médicos.

Pero es necesario puntualizar que el estigma sobre la adicción y el adicto no solo impide al adicto buscar o encontrar el cuidado médico que requiere o urge, sino que además, le crea rechazo, aislamiento, soledad, vergüenza, menosprecio propio y con ello, desesperanza, que lo lleva a tomar decisiones como quitarse la vida.  En este nivel, el hombre y la mujer de todos los días tienen que aceptar al adicto como un ser humano digno, uno que tiene sentimientos y de los mejores, uno que por vivir las limitaciones donde la adicción lo acorrala y encierra es mucho más sensible y empático que su interlocutor.  Esa persona desesperadamente busca comprensión, bondad, perdón, compañía, ayuda en lugar de juicios y condenas.  Ya tiene bastante con los que ha hecho de si mismo.

Qué tal si hacemos algo de esto de ahora en adelante.

 

 

[1] Volkow N: To End the drug Crisis, Bring Addiction Out of the Shadows. NIH. November, 8, 2021

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