- Ene 20, 2023
- Pedro Vargas
- Cultura Científica, Cultura médica, La Prensa, MAESTROS DE MEDICINA
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Mientras el hijo cae en un sueño pesado, pasada la mañana, la madre no duerme desde la noche anterior. Una forma de “deshielo a mediodía”, que empieza para los padres cuando nunca se pensó. Se oye tanto sobre esta etapa del crecimiento y desarrollo de los hijos que, cuando se reconoce, parece que no terminará y que no terminará bien. Pero termina y suele terminar bien. Además, es necesaria.
La adolescencia no es “la peor edad”, “la edad terrible”. Es la edad de la exploración, de las vivencias propias, de la búsqueda, de la identidad, de la socialización, de las aventuras, de tratar los riesgos, de la independencia, de la probatura de la redondez de la tierra, con los pies flotando, de “pasarla bien”. Es un período ontogenético importantísimo donde lo novedoso y la impulsividad, como la búsqueda de placer y recompensa aumenta los riesgos de sus comportamientos. Todo esto tiene una explicación neurobiológica en el adolescente, cuando comienzan a producirse cambios en unas regiones del cerebro, allí donde descansa el sistema motivacional o mesolímbico, conocido como el de la recompensa. La adolescencia y la pubertad ocurre alrededor de los 10-19 años, pero estos tiempos varían según factores sociales, culturales y nutricionales.
En algún momento antes he mencionado que el sistema de la recompensa o “Reward System” del cerebro humano, existe con el propósito de la conservación de la vida y de la especie humana, por lo que dirige el comportamiento humano hacia la consecución de estímulos placenteros como el alimento y el sexo. La sobrevivencia de nuestra especia humana descansa en la pubertad -se ha dicho con sobriedad- que ocurre ligeramente temprano en la adolescencia, hacia el final de la niñez. La pubertad da cabida a la producción de esteroides gonadales que producen los cambios físicos y neuroendocrinos requeridos para alcanzar madurez sexual, y al nivel del sistema nervioso central se producen el adelgazamiento de la corteza cerebral con la reducción del volumen de la sustancia gris, el aumento del volumen de la sustancia blanca, la poda o “pruning” de sinapsis neuronales, que permiten transmitir las señales eléctricas y químicas de una neurona a otra y la reorganización de las regiones corticales y límbicas, que gobiernan comportamiento, emociones, sensaciones, iniciativas, ejecutorias del individuo. La adolescencia revela esos cambios físicos: engrosamiento de la voz, aparición del vello facial, axilar y púbico, aceleración del crecimiento longitudinal, cambios en los genitales externos; como también descubre cambios en el comportamiento y los estados de ánimo.
El desconocimiento de todos estos procesos que están ocurriendo en el reordenamiento del cerebro desde la pubertad es lo que nos lleva a sorpresas sobre el comportamiento, la inquietud intelectual, los retos y aventuras que se confrontan en la vida cotidiana del adolescente, y su comportamiento oposicionista y hasta desafiante, que suele presentarse como una forma de desmembramiento del tronco familiar y de las amistades viejas. Mientras la pubertad es la edad en la cual las hormonas gonadales comienzan a cambiar las formas del niño y de la niña que hemos venido criando -el tiempo de la escultura- la adolescencia manifiesta los diversos cambios físicos y las variantes, la montaña rusa, de los estados de ánimo, del interés intelectual, de las relaciones sociales y del descubrir quién se es, que su previo estado de desarrollo neuro-hormonal y nuestra protección no permitían salir aún a la superficie.
Es de singular importancia que reconozcamos que pasar de total dependencia a alguna independencia es un reto para el mismo individuo que cursa estas etapas, pero es también necesario para su desarrollo. Su cambio no es solo físico sino también cognitivo y en las áreas del comportamiento, mientras crea una persona más sofisticada en su forma de pensar, de actuar y de conducirse en la sociedad que comienza a descubrir y con la que inicia interacciones independientes, como parte de ese desarrollo psicosocial. En este período se revelan las preguntas y no siempre las respuestas: “la orientación sexual, los intereses románticos, la exploración de la identidad, el pensamiento abstracto, la exploración del futuro, la búsqueda de carreras. Este andamiaje tiene componentes biológicos y ambientales, “naturaleza y educación” (Nature and Nurture), que suelen distribuirse de forma muy variada.
En este momento no es nada difícil reconocer, lo difícil que es para nosotros los padres observar cómo transcurren los nuevos días con “el nuevo hijo o hija”. No son nada de lo que nos imaginamos. Nos paraliza el temor por el daño, el accidente, las drogas, el sexo encontrado, el abandono escolar, incluso por la fuga del hogar, el fracaso laboral o profesional, más adelante. “Tormenta y estrés”, lo ha llamado alguien (“Storm and Stress”. Futurizar lo peor invade el presente y hace la compañía y la conversación de padres e hijos casi que imposible (aquí me castigarán quienes abandonaron el casi en la narración y en la escritura).
Es durante la adolescencia que los individuos son más saludables y, por ello, “invencibles”, más tercos e inflexibles, y, por ello, “más sabios”, más impulsivos y con más energías y, por ello, no se los puede detener. Quizás sean los instrumentos para el aprendizaje en carne propia y la hechura de su individualidad. Naturalmente que tiene costos, no es gratis, algunos muy onerosos. Por eso, hay que estar cerca de ellos sin invadirlos, escucharlos en lugar de darles sermones, esperarlos en lugar de salir a buscarlos. Se están preparando para ser alguien o llegar a algún lugar. No quiere decir esto que sea sin riesgos, pero el mayor riesgo es perderlos tratando de no perderlos. Recordemos que esta edad es durante la cual el individuo busca autonomía e independencia, y toda independencia se logra con luchas que, para él o ella, no son solo externas sino internas., con fracasos y con victorias.
La activación del circuito de la recompensa alcanza su pico más alto durante la adolescencia, más alto que en todas las otras edades del crecimiento y del adulto. Existen diferencias individuales en cuanto a la sensibilidad que se tiene a la recompensa. Por ejemplo, no todos los individuos tienen el mismo placer por comer chocolate y no todos tienen igual intensidad del deseo sexual. Tanto la sensibilidad particular a la recompensa o placer, como la toma de riesgos sirven a propósitos de adaptación en el adolescente, pero es en la adolescencia cuando el individuo tiene mayor motivación por obtener recompensa y mayor excitación en respuesta a la recompensa. Esto es particularmente probado en cuanto a la recompensa y búsqueda de sensaciones intensas, de incentivos monetarios, de socialización y una mayor reacción a substancias cuando se compara con individuos en edades inferiores o superiores a las del adolescente.
Una palabra con respecto al efecto de la compañía o la presión de grupo para tomar riesgos. Un estudio muy bien diseñado con 3 grupos de edades: adolescentes de 14-18 años, estudiantes universitarios de 18-22 años y adultos jóvenes de 24-29 años reveló que, en la compañía de otros, el grupo de adolescentes tomó más riesgos que no tomó cuando sin compañía y con respecto a los otros 2 grupos de la investigación. Esto lo confirmó el aumento de actividad del circuito de la recompensa evaluado con imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI).
El cerebro del adolescente presenta mayor respuesta neuroquímica a las drogas de abuso, como lo sugiere la observación por Bolaños y sus colaboradores por estudios en ratas adolescentes frente a la cocaína. Esta sensibilidad junto a los cambios hormonales que se suscitan en el adolescente explica ese “gusto”, ese “sabor”, ese placer por tomar riesgos. El riesgo de iniciarse en el uso de drogas, por ejemplo, es mucho mayor en el púber y el adolescente que en el adulto. No es un asunto de vulnerabilidad ni de ingenuidad del adolescente por sus tempranas edades. Lo sería si solo fuera el resultado de un desarrollo aún en proceso de las áreas frontal y prefrontal del cerebro, que rigen conductas en cuanto a si son buenas o malas, sino que tiene que ver mucho más con los circuitos de su sistema de motivación, de recompensa, donde las sensaciones placenteras se intensifican y se agrandan.
No hay un signo externo que nos señale “ya comenzó la pubertad, ponte las pilas como padre o madre”. No, no lo hay. Ella transcurre y transcurre antes de esas señales que solemos utilizar como los marcadores: la primera menstruación o el engrosamiento de la voz. De hecho, la primera menstruación (menarca) ocurre bien tarde en la pubertad y la pubertad hoy día, se inicia mucho más temprano que en generaciones anteriores y la voz del varón se engruesa cuando ya los testículos comenzaron a ganar volumen.
Durante este tránsito del desarrollo, los hijos comienzan a darse cuenta de los cambios que van experimentando en sus anatomías y en sus sentimientos. Cuestionan y buscan respuestas. Hay que escucharlos, conversar, abrir los brazos, responderles con respeto, indagar y buscar juntos cuando es necesario, siempre estar. Las compañías o sus pares están haciendo lo mismo con ellos. Publicado en el diario La Prensa, de Panamá, el 20 de enero de 2023