- Mar 23, 2022
- Pedro Vargas
- Anticiencia, Ciencia, Cultura Científica, Cultura Humanista, Cultura médica, La Prensa, Lecturas Bioetica, Otras Lecturas
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Para quienes aún le niegan importancia a las falsedades que se divulgan, diseminan y masifican por las redes sociales, traigo las palabras de la científica social Kate Starbird, al referirse a la tormenta que sacudió el Capitolio de los Estados Unidos, el 6 de enero de ya un año atrás, como la “manifestación física de todos los caracteres que hemos venido estudiando”. Ella, con un selecto grupo de investigadores sociales, investiga la diseminación de desinformación en los medios sociales y, con ello, el comportamiento humano. La pandemia, ha permitido producir información masivamente, con todo grado de calidad o perversidad, ha desnudado a hombres.
Esta hora está caracterizada, entre otras cosas, por la recreación de teorías de conspiración de todo tipo y, como lo señala J. Tollefson, en Nature, en febrero del 2021, para la manipulación de los medios sociales de masa. Las teorías de conspiración se iniciaron para desprestigiar a enemigos políticos como también a funcionarios de la administración, que le estorbaban al presidente Trump en su errática gestión, administrativa e higiénica; y, más tarde, para incentivar la negación y la insubordinación alrededor de los resultados, que no le favorecerían ni favorecieron, de las elecciones presidenciales.
Como él, hay otros hombres y mujeres hostiles a la verdad, otros que la desfiguran cuando no le inventan una alternativa, otros que optan por la ignorancia. Desvirtuar la ciencia ha sido puntual y perseverante, conociéndose que el verdadero enemigo de la verdad no es la duda, no es la desconfianza, no es la ignorancia o la inexistencia de conocimiento, como lo ha advertido Lee McIntyre, sino la resistencia al conocimiento, cuando no me simpatiza, cuando me indispone, cuando lo discrepo.
Cuando la neurociencia nos ofrece respuestas para entender las adicciones, nos presenta un modelo de enfermedad cerebral y nos descubre el secuestro del circuito de gratificación. Nuestra primera reacción es desechar ese mecanismo porque ya estoy predispuesto a pensar otra cosa, mi evidencia intuitiva me dice: la adicción es una “falta de carácter”. Los hallazgos científicos sobre la opción de quitarse la vida nos revelan la existencia de cambios neurobiológicos producidos en las estructuras y la función cerebrales, originadas por experiencias adversas durante la infancia. No lo aceptamos porque para nosotros, “la persona que opta por la muerte por suicidio es un cobarde”. Rechazamos el conocimiento de la neurociencia para entender cómo factores de riesgo tan distantes en la vida de una persona aumentan los riesgos de morir por suicidio. Y, ¿cuál ha sido nuestra reacción a la atracción homosexual, a la diversidad de la identidad sexual? Seguir llamándola, “cuecada”. ¿Ha modificado el hostigamiento familiar, social, escolar, o laboral que se les mantiene a los homosexuales? No. Es más fácil pensar que la propuesta de los científicos va dirigida a acabar con el género humano y nos es menos amenazante, decir que estos hombres y mujeres son unos viciosos.
El comportamiento humano no es solo “así soy” o “así somos”. El comportamiento humano es complejo y el escudriñar sus múltiples aristas es objeto de la ciencia social. Una de esas aristas es la resistencia al conocimiento.
La negación de la evidencia probada no es contemporánea. Se ha dado antes. Lo cierto es que todos queremos conocer la verdad, pero no todos la queremos reconocer cuando se logra. Hay más temor al conocimiento que a la ignorancia. Se le tiene más miedo a lo que rompe mi esquema de pensamiento y de vida, a la misma revolución de la ciencia. Hoy frente a la devastadora pandemia de COVID-19 con más de 5 millones de muertos y cerca de 300 millones de infectados, se sigue explotando la vulnerabilidad emocional de las gentes que no tienen lectura de ciencias, que no dominan el alfabeto científico. Lo grave es que en nombre de una autoridad higiénica o de un método científico nunca entendido se quieran mantener conductas que la evidencia probada ha revelado inútiles, nocivas y erradas. Se resiste al conocimiento. Ante una urgencia de salud pública, ello vierte gravedad y costos a la ciudadanía y al país. Recuperemos el discernimiento.
Publicado en el diario La Prensa, de Panamá. 3/01/2022