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Si algo mejorará la percepción que se tiene de la ciencia es exponer al estudiante de medicina y otras ciencias, a las actividades de los centros de investigación.  Tendríamos más estudiantes interesarse en la investigación básica y en la investigación clínica. Así como médicos, ingenieros, economistas, sociólogos, antropólogos, docentes, politólogos, en fin, todas las ramas de la biología y la sociología, de la función y del comportamiento humanos.

 

El tiempo es oportuno.  La pandemia ha descubierto serias falencias en el conocimiento popular sobre la ciencia, su método e instrumentos, su costo y sufragio.  Pocos apreciaron el descubrimiento del genoma del coronavirus nuevo, el SARS-CoV-2 o la pronta consecución de una vacuna con innovadora plataforma como el resultado de la ciencia.  Y otros, aún, le desconocieron a la ciencia sus necesidades de recursos, para continuar una labor proselitista y superior.

 

La investigación clínica en medicina requiere un nicho académico, no un documento para archivar. Y ese nicho académico se construye en las escuelas de medicina o centros de reconocido rigor científico para la investigación, desde estructuras sencillas y vastas, sus silos, como son las propias donde el primer contacto clínico ocurre: el consultorio, el centro de salud, el hospital.

 

El estudiante de medicina necesita llegar a esos silos desde su nicho académico, un centro de referencia, para aprender y entusiasmarse por la ciencia de manos de investigadores clínicos adscritos a la escuela de medicina, pero “arrojados a la calle”, donde están los enfermos en busca del servicio que los sanará.  Eso es la investigación translacional, el contacto y colaboración entre la investigación básica y la clínica, una relación de 2 vías.  De la cama del paciente al microscopio o a los tubos de ensayo. Los silos requieren un viraje hacia la investigación clínica, paralela al servicio y la atención de los pacientes, que ya hacen.

 

La oficina médica, como parte de su funcionamiento, puede y debe hacer investigación clínica, y ser sitio de exposición a esta interesante y muy productiva actividad científica y humanista para el estudiante.  De allí deben salir los pacientes a aliviarse, los papeles de investigación a publicarse y los estudiantes de medicina a practicar medicina con evidencia probada, sentido de servicio y valoración de la investigación, no en pequeño, sino clínica.  La robustez de la profesión se genera de esta forma[1].

 

El papel del educador en ciencias básicas y clínicas en el currículo médico moderno ha cambiado.  La educación hoy se hace en pequeños grupos, las conferencias magistrales han sido reemplazadas por el contacto directo de la entrevista del paciente con el médico, los pequeños reinos  como los latifundios han desparecido y la atención integral del paciente se hace como la atención integral a la educación del estudiante, utilizando a profesionales de distintas disciplinas.  El investigador es y debe ser parte esencial de ese grupo.  Entre mejor entrenamiento en investigación clínica, mejor será la salud de la población.

 

La pregunta que sigue es: ¿por qué no iniciar la chispa para la pólvora desde las escuelas?   25/10/2021

 

 

[1]Hayward AR: Commentary: Making Clinical Research a Robust Career Path.  Academic Medicine 2009. 84(4):409-410

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