
- Jul 12, 2018
- Pedro Vargas
- Bioética, Ciudadanía, Derechos Humanos, Lecturas Bioetica
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Habrá que recordarles a los fundadores de instrumentos políticos para no solo convencer sino orientar a las gentes, que si el propósito es orientar, que no se desoriente. Es muy fácil hacerlo con frases altisonantes, con ruidos que obscurecen la arbitrariedad, y, sorpresivamente, con insospechados intereses que se ocultan en el gesto amable y la palabra melosa.
Las certezas morales pasadas son eso, pasadas. Los valores éticos que aseguran la correcta, justa y libre convivencia de las personas, son inalterables. Hoy ya no somos células, somos tejidos. No somos aldea, somos pueblos. No somos tribus, somos personas con capacidad y derechos para pensar y para actuar. La sociedad, como lo dice y acepta Joseph Ratzinger es de “dimensiones mundiales”, no se puede aislar.
Sugerir siquiera que en este punto de la evolución de las relaciones entre las naciones y los hombres, con instituciones universales para el entendimiento y la cooperación, con el propósito de evitar el exterminio de la Humanidad o el sometimiento de otros por el poder superior y manifiesto de unos cuantos, podemos por antojo, con discurso populista, enfrentar las reglas del juego que han emanado y emanan de esa relación contractual es de una irresponsabilidad y de una falsedad detestables.
El derecho existe para darle sentido a la libertad, para asegurarle su prevalencia, para que ella, la libertad, no sea anarquía, desorden, atropello, burla. Escuchar que, con la tinta que fluye de una pluma en manos de quien ostenta el poder, ese mismo día de su inauguración, el país se divorciará de sus compromisos citados en convenciones internacionales merece desprecio de quien así lo emite. Más, si va puntualmente dirigido a desconocer los señalamientos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que ordena a Costa Rica y a 20 estados que reconocen su competencia, a garantizar el matrimonio a las parejas del mismo sexo.
La soberanía de un pueblo no se honra ni se manifiesta en la decisión unilateral y arbitraria, ni siquiera de un gobernante elegido. Hay consultas que hay que hacer una y otra vez. Las minorías hay que protegerlas de mayorías que se equivocan, de abusos histriónicos, de segregaciones y discriminaciones injustas. A quién se le ocurre –que no sea un individuo con ínfulas autoritarias y métodos inconsultos y lastimeros- decidir que desde hoy el país no cumple con sus compromisos económicos. A quién se le ocurre –que no sea un individuo curtido en la ignorancia, la demagogia- burlar compromiso de la Patria con la honra y cumplimiento de los Derechos Humanos. Eso es abrogarse un privilegio que no se le ha concedido.
Si el derecho es la expresión del interés común, el interés de las minorías tiene que protegerse contra las arbitrariedades de aquellas mayorías, que pueden sentirse progenitoras y dueñas del interés común. Esto no es de escasa ocurrencia ni es un riesgo remoto. También lo ha señalado Ratzinger, “encontrar unanimidad entre los seres humanos es una empresa imposible”. Y, tampoco es cierto que las mayoría tienen la razón, no se equivocan, son justas y ecuánimes por el solo hecho de ser numéricamente mayorías; como no es igual el interés mayoritario que el interés común. Imaginemos el escenario donde la cabeza y la mayoría de una administración gubernamental es corrupta. 11/07/2018